PUBLICIDAD
La detención, hace menos de un mes, de un joven narcotraficante mexicano en Sídney prende las alertas sobre una nueva ruta narcótica entre nuestro país y Oceanía, un millonario mercado de drogas.
Los miembros de la industria cinematográfica en México asumen que los medios de comunicación estamos para convencer a la sociedad de andar correteando sus películas.
Hay quienes establecen que una mujer sin autoridad moral y un presunto traficante de influencias son los impolutos defensores de una reforma judicial nociva para México.
Consignas como “con genocidio no hay orgullo” estuvieron y presentes en movilizaciones LGBT+, porque nadie es libre hasta que todes lo seamos.
La crónica periodística de Guillermo Osorno ‘Tengo que morir todas las noches’, obra que publicó en 2014, se volvió un documento imprescindible para la comunidad LGBTIQ+.
Siempre me ha gustado pensar que el contenido no se pervierte. El mensaje se puede adaptar a diversos formatos, pero nunca pervertirse. No podemos soltar medias verdades por miedo a la irrelevancia.
Restan algunos nombramientos, pero el mensaje está dado: perfiles técnicos, especialistas en su ramo y concordantes con su nuevo puesto. Profesionales en el ámbito público y con experiencia política para afrontar los retos que van a heredar.
Todos tenemos una tendencia a abrazar el escapismo, y en lo que se refiere al cine que nos llega de Hollywood, mientras más fantasioso, mejor.
Las pausas son parte del ritmo, los silencios de la música, el intervalo del aplauso y la calma de la tormenta.
La paradoja de los valores de un cierto tipo de ciudadano es que su persecución a rajatabla acaba aplastando los derechos de quienes no caben ahí.
Es aparente que el crecimiento económico de las autocracias sin contrapesos es inferior al de las democracias con restricciones.
El oficialismo alista la destrucción del Poder Judicial con miras a edificar un legado que de poco servirá cuando afronte un vacío de legitimidad.