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Xavier Tello
Diagnóstico Reservado

La Salud en México: 30 meses de pesadilla

Xavier Tello

Este próximo 6 de junio son las elecciones más importantes de la historia en México. El gobierno de la cuarta transformación lo sabe y, por ello, la salud pasó súbitamente de ser de un trámite a convertirse en un tema realmente importante en la agenda.

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Coronavirus COVID IMSS medicos
Foto: @IMSSmx.

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A 30 meses de iniciada esta administración, México vive una de las crisis de salud más grandes en su historia.

En lo que se convirtió rápidamente en la tormenta perfecta, un sistema de salud que tenía carencias, problemas administrativos y bajo presupuesto se puso en manos de un grupo de inexpertos más interesados en desmantelarlo para rehacerlo a imagen y semejanza de un designio político que, en buscar una atención más eficiente, completa y de mayor calidad hacia los pacientes.

La visión de este gobierno para la salud de México no se dio a conocer hasta apenas un par de meses antes de iniciada la administración; en ese momento, solamente se mencionaba el aún utópico proyecto de un acceso universal a los servicios de salud.

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Era obvio que el tema no podía quedar fuera de la agenda; sin embargo, no es una casualidad que históricamente aún, durante la campaña presidencial, la salud no se mencionara como algo prioritario. 

Políticamente, la salud es invisible. Usualmente la gente podía estar sana o enferma, pero esto no afectaba su intención de voto. Es solamente cuando los problemas en salud afectan al bolsillo de manera contundente (como en abril y mayo del año pasado en plena pandemia), cuando estas carencias se reflejan en la popularidad en las encuestas.

Los políticos lo saben. Es por eso que para lucir avances en salud, se resucitan, reconstruyen o inauguran clínicas y hospitales, aunque al final se carezca de personal y medicamentos para operarlos. Los ladrillos, los listones y los aplausos se ven. En contraste, el daño a los riñones por hipertensión arterial es invisible.

El desdén por la salud en esta administración se reflejó al hacerla formar parte de una mancuerna ideológico-administrativa: el “bienestar”. Hay que decirlo, al pensar en salud, todo les pareció fácil. Solamente había que intervenir el presupuesto y cambiar los objetivos a algo que políticamente luciera más. Es aquí cuando la inexperiencia y la ambición los hicieron tropezarse.

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Desde un inicio se ha confundido la optimización del gasto y la alegada “lucha contra la corrupción”, con la política del mínimo indispensable. Es como si trabajar en la pauperización fuera un verdadero honor.

Desde el 2019, el presupuesto de la salud se ha visto continuamente golpeado. Cuando uno hubiera esperado que un gobierno de izquierda realmente invirtiera en este ramo, los presupuestos para el 2019 y el 2020 reflejaron apenas incrementos marginales. Para finales de 2019, ya había un importante subejercicio y todos los retrasos en insumos y dinero no entregado, se hacían ver como “ahorros”. 

El presupuesto de egresos para el año 2021 fue verdaderamente absurdo. En medio de la peor pandemia en 100 años en el mundo, la palabra “covid” simplemente no aparece en el texto y no se contempla de manera explícita una sola cifra para la atención de este padecimiento. De dónde se esté pagando la pandemia, continúa siendo un misterio.

Si el presupuesto 2021 se ve mayor que el 2020, es porque al “Ramo 12” (atención a la salud) se le sumaron 33,000 millones de pesos que se apropiaron del fondo de gastos catastróficos del extinto Seguro Popular y se pasaron a gasto corriente.

En enero de 2020, el Seguro Popular desapareció únicamente por motivos ideológicos, para dar paso en su lugar a un incomprensible Insabi, que ahora además maneja el presupuesto gubernamental para insumos y decide qué se compra y qué no. 

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El modelo de medicina social, planteado desde un inicio como la plataforma ideológica de salud de la 4T, le da un impulso preferencial a la prevención y a la atención de primer contacto. Si bien esta puede ser una práctica común y lógica, existe una consigna específica para desfondar la medicina de tercer nivel y concretamente a los Institutos Nacionales de Salud so pretexto de mejorar la cobertura y calidad de la atención primaria. Aunque en la práctica esto no se ha logrado, las instituciones de alta especialidad sí han sufrido importantes recortes de recursos para adquisición de suministros e inversión en infraestructura.

El haber desmantelado el sistema de adquisición y distribución de medicamentos y dejarlo en manos de quienes no conocen el tema, ha traído como consecuencia el desabasto más importante de medicamentos del que haya memoria. Los pacientes lo han resentido, sobre todo aquellos con enfermedades más críticas y las voces se hacen escuchar cada vez más fuerte.

Se insiste en presumir “ahorros” en la compra de medicamentos, un vicio que, por cierto, proviene del sexenio anterior, aunque esto signifique hoy que se compra menos, mal y en realidad más caro.

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Enarbolando la consigna de qué la atención médica es ya “universal y gratuita”, las autoridades del Insabi han prohibido a las unidades médicas que comenten a los pacientes sobre la falta de medicamentos, siendo ellos quienes autorizan los listados finales de insumos solicitados por los hospitales. La instrucción es clara: trabaja con lo que te demos y no protestes ni te inconformes.

El tratar de transformar el sistema de salud estableciendo criterios ideológicos como el de la existencia de una supuesta “medicina neoliberal” ha llevado en la práctica a una polarización, que se hizo patente al momento de no existir un plan concreto para la vacunación de los profesionales de la salud que laboran en el medio privado.

En el camino hemos presenciado decisiones verdaderamente absurdas como la suspensión del tamiz neonatal, para convertir su regreso en una promesa de campaña del partido oficial. Desde planes para recortar las becas a médicos Internos de pregrado y a residentes de posgrado, hasta continuos faltantes en vacunas del esquema básico para menores.

La pandemia llegó como un recordatorio de todo lo que no estábamos haciendo bien. Ya no mencionaremos la lenta respuesta a la emergencia mundial, sin un liderazgo y que ha tenido como resultado más de 220,000 muertos reconocidos oficialmente y de los que seguramente su cifra final se triplica. Solo recordemos los enormes faltantes de equipo de protección personal durante las primeras semanas y el absurdo mínimo de pruebas de detección realizadas hasta el momento. Diversos estudios han logrado correlacionar una mayor cantidad de defunciones a la falta de atención de los pacientes con covid en unidades de cuidados intensivos adecuadas. Al final, la mayoría de los muertos en la pandemia han sido los pobres, privados de acceso a servicios de calidad.

Aunque en el discurso oficial se insiste en presumir la gran velocidad a la que se realizó la reconversión hospitalaria, no se toma en cuenta el enorme número de pacientes de enfermedades comunes, crónicas no transmisibles, cáncer o con necesidad de un trasplante, que dejaron de ser atendidos al encontrarse bloqueadas sus unidades de salud por la urgencia de la atención a pacientes covid.

A escasos días de las elecciones es notorio cómo la salud se ha convertido, de repente, en un tema prioritario. Súbitamente creció la velocidad de administración de las vacunas y no dejan de celebrar y mencionar el descenso en contagios y mortalidad de la pandemia (en comparación con el fatídico pico de principios del año) pero sin mencionar que, en cualquier momento, las cifras de morbi-mortalidad pueden incrementarse como ya está sucediendo en los países asiáticos y que tiene en alerta al mismo Reino Unido.

El pasado jueves se intentó cambiar la percepción sobre el obvio desabasto de medicamentos, regresando a exactamente el mismo discurso de hace 24 meses. El mensaje no pudo ser más desafortunado, ya que centenares de pacientes y familiares, inundaron de comentarios a los medios, todos con una constante: la falta de medicinas en las farmacias de las instituciones.

Este próximo 6 de junio son las elecciones más importantes de la historia en México. El gobierno de la cuarta transformación lo sabe y, por ello, la salud pasó súbitamente de ser de un trámite más a resolver (y un jugoso presupuesto del cual apoderarse) a convertirse en un tema realmente importante en la agenda. 

Para los ciudadanos comunes, 30 meses de crisis en salud no se olvidan fácilmente.

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