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Narrativas pico

Aldo Flores Quiroga

Llegó la pandemia. La demanda se desplomó 30% y el precio del crudo llegó a ser negativo al final de una jornada.

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Vaya giros de la narrativa del petróleo en tan solo una docena de años, un tiempo breve para una industria que piensa en décadas.

Recuerdo que en la reunión de ministros de energía de los países miembros del Foro Internacional de la Energía, celebrada en Roma en 2008, era común escuchar el término “petróleo pico” (peak oil) para explicar el aumento sostenido en el precio. La demanda mundial de crudo llevaba creciendo cinco años a un ritmo acelerado, debido a la sorprendente expansión de la economía china. Los productores parecían no darse abasto y los inventarios eran bajos.

Unos argumentaban que esto se debía a la renuencia de los productores a producir más, otros sugerían que la situación ponía en evidencia que la producción mundial se aproximaba a su pico. Todos coincidían en que sería más caro extraer crudo.

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Pocos años después, los productores estadounidenses sorprendieron a propios y extraños con su capacidad para extraer petróleo y gas de rocas de baja porosidad (las famosas lutitas o shale)­­. La narrativa de la escasez abrió paso a la de abundancia y la charla sobre el pico de producción de petróleo parecía un asunto de la prehistoria.

Para 2014, el precio mundial del petróleo se había desplomado mientras los inventarios empezaban a acumularse. La pregunta de los ministros cambió a cómo administrar la oferta para estabilizar el precio, promover inversiones y mantener una fuente de ingreso aceptable para los países petroleros. 

El asunto pareció resolverse en diciembre de 2016, cuando los miembros de la OPEP, Rusia y otros países productores, México incluido, emitieron una Declaración de Cooperación en la que expresaron su compromiso para reducir su producción. El objetivo era eliminar el excedente provocado por el impresionante aumento en la oferta de Estados Unidos. Los precios comenzaron a subir en 2017 y para 2019 el crecimiento de la oferta se aproximaba al de la demanda.

Luego llegó la pandemia. La demanda se desplomó 30% y el precio del crudo llegó a ser negativo al final de una jornada. Con el encierro forzado, el trabajo de muchos profesionistas y la enseñanza en escuelas se desplazó a los hogares y la demanda de combustibles para el transporte cayó.

Comenzó la especulación sobre el futuro crecimiento de la demanda: si más trabajos se harían en casa, entonces las compras de gasolina y diésel disminuirían. Pero ¿qué tal si la gente decide evitar el transporte público y compra más automóviles? Entonces la demanda podría subir.

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Hoy la narrativa del pico de oferta ha sido reemplazada por la del pico de la demanda. La mayoría de las proyecciones de organizaciones internacionales, empresas energéticas, firmas de consultoría y analistas indica que en algún momento entre 2025 y 2030 empezará a caer el consumo de combustibles para transporte terrestre y que hacia 2040 ocurrirá algo similar con el consumo de petróleo, que también se emplea en el transporte marítimo, aéreo y en otros sectores de la economía.

Detrás de estas proyecciones figuran estimaciones respecto a la creciente eficiencia de las máquinas de combustión interna y la mayor penetración de automóviles con motores híbridos eléctricos. También hay supuestos sobre el compromiso y capacidad de los gobiernos para obligar a empresas y habitantes de sus países a contaminar menos, sea con mandatos expresos o impuestos al consumo de combustibles.

Algunos acontecimientos recientes le están dado fuerza a esta nueva narrativa del pico de demanda, aunque por la vía del activismo ambientalista. El 26 de mayo, un día que seguramente pasará a la historia de la industria energética, los accionistas de Exxon eligieron a dos nuevos miembros del Consejo de Administración con credenciales medioambientales, los de Chevron votaron a favor de que la empresa reduzca emisiones, y una corte en Países Bajos ordenó a Shell a bajar sus emisiones a la mitad.

La pregunta es ¿cuánto peso asignar a estas nuevas noticias? ¿Son en efecto un cambio estructural o tan solo otro ejemplo de las oscilaciones típicas del mercado de crudo y su narrativa? ¿Cómo separamos la señal del ruido?

Ya antes ha pasado que las estimaciones de crecimiento de la demanda fueron menores a lo que realmente ocurrió. Al cierre de los 90 no se proyectaba la acelerada expansión de consumo de la década siguiente. Lo que siguió fue un boom de demanda.

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Lo realmente nuevo es que las grandes empresas petroleras privadas no pueden ignorar el medio ambiente sin consecuencias para sus perspectivas financieras. En caso de que la rentabilidad del crudo empiece a disminuir, y sin duda en respuesta a una presión para mostrar mayor compromiso social, las empresas petroleras privadas comienzan a diversificar su portafolio.

Está claro lo que esto significa para la oferta de crudo: algunos activos contaminantes cambiarán de manos, otros dejarán de operar, otros más habrán de modificarse para emitir menos. Para la demanda, aunque el consenso se va inclinando hacia la idea de que el pico está a la vuelta, todo depende de que las esperadas mejoras en la tecnología se materialicen y prueben su rentabilidad a gran escala.

Las narrativas cuentan. En el corto plazo, nos ayudan a darle sentido a lo que estamos viviendo, pero son fundamentales para lo que ocurra en el largo plazo: si crece el consenso de que la demanda de combustibles será menor, entonces habrá menos inversión para producirlos. Si la demanda termina creciendo más que la oferta, los precios subirán y hasta podrían dispararse. Empezaríamos a hablar otra vez de escasez y hasta recriminaríamos a los productores por no ser suficientemente previsores. Y el ciclo narrativo comenzaría de nuevo.

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