Si podemos vacunar al mundo, podemos vencer la crisis climática
Una mujer es de las primeras en Níger en recibir una vacuna Covid-19. Foto: Agencia Anadolu / Getty Images

Garantizar que el 40% de la población mundial quede vacunada para fin de año solo costaría 50,000 millones de dólares. Esta es una estimación del Fondo Monetario Internacional (FMI), la más reciente institución en unirse a un coro de voces que piden un programa global de vacunación para controlar el Covid-19. El FMI ha destacado los beneficios económicos de las vacunas a nivel global, los cuales serían enormes. Pero hay otra razón poderosa para una campaña mundial.

Vacunar al mundo será crucial si los países actúan juntos para enfrentar la crisis climática, la cual requerirá muchas de las mismas cosas necesarias para distribuir las vacunas: recursos, innovación, ingenio y una verdadera asociación entre los países ricos y los que están en desarrollo. La conferencia climática Cop26 en noviembre será un momento oportuno para construir esta alianza. Pero, para lograrlo, los países ricos deben cumplir sus promesas iniciales de entregar vacunas globales.

En la actualidad, el acceso a las vacunas es profundamente desigual. Estados Unidos ya comenzó a vacunar a los niños, aun cuando los trabajadores de la salud y las personas mayores esperan vacunas en la mayor parte del mundo. A finales de abril, menos de 2% de la población de África había sido vacunada, mientras que el 40% de la de Estados Unidos y el 20% de la población de Europa habían recibido al menos una dosis. India, uno de los mayores fabricantes de vacunas del mundo, ha vacunado por completo al 3% de su población y todavía se encuentra en medio de la pesadilla de una segunda ola que ha obligado al país a detener las exportaciones de todas las vacunas.

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Durante algún tiempo se tuvo en claro a dónde iban las cosas. A pesar de todo el discurso de solidaridad al comienzo de la pandemia, los países ricos desarrollaron la capacidad suficiente para producir vacunas para ellos mismos y luego procedieron a acaparar los suministros mundiales. En marzo, los países de altos ingresos que representan el 16% de la población mundial habían comprado el 50% de las dosis de vacunas. A partir de este mes, apenas se habían entregado 80 millones de los 2,000 millones de vacunas prometidas a los más pobres del mundo a través del acelerador ACT, una asociación que incluye el esquema Covax respaldado por la ONU. ¿La razón? Una combinación de fondos insuficientes de los donantes y la competencia por las dosis de vacunas de los países más ricos, los cuales pueden permitirse pagar altos precios si es necesario y que planean almacenar millones de dosis adicionales para el futuro. La Fundación Bill y Melinda Gates estima que los países ricos tendrán hasta 1,000 millones de dosis adicionales disponibles para fines de este año.

Esta desigualdad se refleja en lo que sucedió con la política económica. Mientras que los países ricos se endeudaron masivamente y gastaron más del 20% del PIB para ayudar a sus poblaciones a superar la crisis, los países pobres solo podían permitirse gastar el 2% del PIB. Se estima que 100 millones adicionales de personas viven ahora en la pobreza extrema en comparación con el comienzo de la pandemia. Los países en desarrollo que contemplan confinamientos están atrapados en un doble vínculo entre el desastre económico (en India, por ejemplo, el primer bloqueo le costó al país casi una cuarta parte de su PIB) y morgues desbordadas.

El catastrófico fracaso moral por parte de los países ricos para ayudar a las naciones más pobres solo puede reforzar la fuerte sospecha en gran parte del mundo en desarrollo de que, a pesar de hablar de la cooperación global y la fortuna compartida, cuando llega un golpe, cada quien se rasca con sus propias uñas. Esto podría ser devastador para los esfuerzos globales contra la crisis climática. El éxito de la Cop26 depende en parte de que países en desarrollo más grandes como Bangladesh, China, India, Indonesia, México, Nigeria y Pakistán se comprometan a hacer sacrificios que solo darán sus frutos si se puede confiar en que naciones como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia y Canadá puedan cumplir sus propios compromisos.

Al aceptar reducir las emisiones de CO2, estos países en desarrollo reducirán potencialmente su propio crecimiento y hasta tendrán que renunciar a equipamiento que los proteja de un clima ya cambiante a corto plazo, como aire acondicionado barato y contaminante. Este sacrificio solo dará frutos si los países ricos responden reduciendo sus propias emisiones para evitar los peores escenarios. Si nadie hace su parte, solo estamos cantando el juego de las sillas en un barco que se hunde. Tras los efectos del Covid-19, estos países se preguntarán qué garantía tienen de que cuando ocurra el próximo desastre, y aumenten las presiones internas, los países ricos no abandonarán sus compromisos. La confianza, por tanto, es clave.

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Incluso si los países ricos asumieran compromisos vinculantes con las políticas climáticas en la Cop26, es poco probable que esto provoque que los países en desarrollo firmen una exigente agenda. Existe una percepción fuerte y totalmente justificada de que se está pidiendo a los pobres del mundo que hagan sacrificios para expiar los pecados pasados ​​de los países ricos que crecieron de manera desordenada. El hecho de que estos países hayan demostrado ahora que se preocupan poco por el bienestar de las naciones más pobres obviamente no ayuda.

Los países en desarrollo exigirán, razonablemente, ser compensados​​ por las opciones más onerosas que la Cop26 les exige. La investigación realizada por colegas en nuestro laboratorio J-PAL del MIT, que dirige la Iniciativa King de Acción Climática, demuestra que este tipo de compensación condicional funciona: en Uganda, pagar a los propietarios de tierras para que no talen árboles ha frenado la deforestación y reducido las emisiones de carbono a un costo de menos de un dólar por tonelada. Los investigadores estudian muchas innovaciones políticas que podrían funcionar en todo el mundo, desde el intercambio comercial de emisiones hasta incentivos para reducir la quema de cultivos.

Estos esquemas solo funcionan si los países en desarrollo confían en que se les pagará una compensación. Se han hecho tales promesas: las economías avanzadas han acordado formalmente recaudar 100,000 millones de dólares por año para el Fondo Verde para el Clima, a fin de abordar las urgentes necesidades de mitigación y adaptación de los países en desarrollo. Pero por el momento, tanto los países en desarrollo como sus ciudadanos se preguntan si pueden confiar en que cumplirán su parte del trato.

¿Cómo reconstruimos la confianza rápidamente? Invertir ahora para vacunar al mundo es una oportunidad para reparar el daño causado el año pasado. El precio del FMI de 50,000 millones de dólares es un error de redondeo en comparación con lo que Estados Unidos y Europa ya han gastado en el alivio del Covid. Por supuesto, el dinero no será suficiente: habrá que producir, almacenar y distribuir las vacunas. De alguna manera, será necesario persuadir a las empresas farmacéuticas para que compartan las ganancias obtenidas por su propiedad intelectual; las cadenas de suministro de todos los insumos para fabricar las vacunas deben simplificarse para evitar cuellos de botella. Así, se requiere de un enorme esfuerzo en los países en desarrollo para administrar las vacunas de manera eficiente.

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Hay una leve indicación de que el mundo va en la dirección correcta: los países del G20 acaban de reconocer “la importancia de abordar la brecha de financiación de ACT-Accelerator, para ayudarlo a cumplir su mandato”. Covax pudo firmar recientemente un acuerdo para comprar 200 millones de dosis de vacunas Johnson & Johnson. Estados Unidos y la Unión Europea acordaron donar un número relativamente pequeño de vacunas sin utilizar (más de 80 millones y 100 millones, respectivamente). La administración de Biden señaló que estaría abierta a una exención de patentes sobre las vacunas Covid-19, lo que indudablemente pondrá presión a las firmas farmacéuticas para encontrar socios y producir más. Además, los líderes de la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el FMI y la Organización Mundial de la Salud han respaldado conjuntamente el plan del FMI.

Sin embargo, todo esto es demasiado poco y va demasiado lento. Tener éxito en este esfuerzo de vacunación es nuestra oportunidad de demostrar que hablar de una sociedad común y un destino compartido es más que solo palabras. Para demostrar que están ahí, comencemos con las vacunas.

Abhijit Banerjee y Esther Duflo fueron los ganadores conjuntos del premio Nobel de ciencias económicas 2019.