Eficiencia y equidad
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Eficiencia y equidad
Foto: Pixabay

La crisis financiera de 2008 y sus rudas secuelas sobre el ingreso de miles de millones de personas alrededor del mundo derivó en un nuevo balance entre dos criterios que generalmente influyen en la narrativa y la toma de decisiones sobre política pública, incluida la energética: eficiencia y equidad.

Hasta entonces, la narrativa de las reformas económicas había puesto énfasis en la eficiencia: producir más al menor costo posible. La convicción era que introducir mayor competencia en los mercados generaría ganancias en eficiencia sostenidas a lo largo del tiempo que se traducirían en un mayor ingreso nacional. Las empresas monopólicas del Estado ya no parecían capaces de lograr lo mismo. Se suponía que las políticas de recaudación de impuestos y gasto público apoyarían un esfuerzo complementario para compensar a los perdedores de este nuevo proceso de cambio.

Hoy el péndulo se ha movido a otro lado y la equidad –entendida como una distribución del ingreso menos extrema– está en el centro de la discusión. Aunque sí se lograron ganancias en eficiencia, los prometidos avances en el ingreso de las mayorías no llegaron, por lo menos no en todos los países. Desde el movimiento para criticar los grandes beneficios para el 1% más rico en Estados Unidos hasta las alusiones al capitalismo de cuates y la “mafia del poder” en México, pasando por la evidencia como la presentada en el famoso libro El Capital de Thomas Piketty, la persuasión ha sido que las nuevas políticas no generaron equidad. Los gobiernos no pudieron o no intentaron tomar ingresos de los ganadores –percibidos como los dueños del capital, pero también los más entrenados– para compensar a los perdedores. Para muchos la mejora en el ingreso actual y esperado no se materializó.

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¿Qué implica esta tensión entre eficiencia y equidad para el futuro del mercado eléctrico mexicano? Aunque el Estado ha expandido constantemente la capacidad de generación y ha logrado notables avances en la reducción de la pobreza energética, llevando servicios eléctricos a cada vez más comunidades hasta cubrir casi el 100% de la población, sigue abierta la discusión sobre si lo logró o podrá continuar lográndolo con eficiencia y satisfaciendo al mismo tiempo alguna noción particular de equidad.

Para algunos es obvio que un verdadero mercado eléctrico lo haría mejor porque produciría al menor costo posible y premiaría a quien más esfuerzo empeña. Una empresa privada que no genera ingresos superiores a sus costos no sobreviviría, por lo menos en un entorno de competencia genuina. Pero si tuviera una posición monopólica o gozara de la protección del Estado frente a la competencia, podría permanecer operando. El costo lo cubrirían los contribuyentes, cuyos ingresos financian las pérdidas de la empresa. Quienes argumentan desde este ángulo no encuentran esto último ni eficiente ni justo.

Para otros es evidente que el mercado eléctrico no ha hecho bien las cosas. En el centro de su argumentación parece predominar la perspectiva de que las empresas privadas no han obtenido utilidades de manera equitativa. No estuvieron bien ni la distribución de los beneficios ni las reglas para participar en el mercado, que privilegiaron a unos cuantos con acceso a los pasillos del poder. Tampoco fue aceptable la estructura de gestión del sistema energético en su conjunto porque no garantiza la estabilidad del suministro a medida que se incorporan las energías renovables, que son de disponibilidad intermitente y requieren de apoyos del gobierno. Unos cuantos ganan a expensas de muchos. Desde esta noción de equidad, el Estado debe tomar el control de la industria.

La verdad es que los detalles de la producción, almacenamiento, transporte, distribución y comercialización de la electricidad son bastante complejos como para reducirlos a fórmulas simplistas basadas en extremos que idealizan las capacidades de los mercados y del Estado.

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Cinco décadas atrás, el economista Harold Demsetz acuñó el concepto de la ‘falacia del Nirvana’. Era una crítica a los argumentos que invocan un ideal inalcanzable como referente para juzgar a la realidad como inadecuada. Lo procedente, argumentó, era comparar arreglos institucionales alternativos que fueran factibles en la realidad. Y esa comparación parte de un análisis de los costos y beneficios de cada alternativa.

El sistema eléctrico que viene para México y el mundo tiene el desafío de brindar servicios eléctricos con menores emisiones de carbono. Ese es un criterio propio de nuestra era (antes se hablaba de contaminación de los ríos y de la contaminación mas no de calentamiento global) que involucra tanto a la equidad como a la eficiencia. Equidad con las generaciones futuras, con los países que pueden desaparecer si sube el nivel de los mares, con las ciudades y comunidades que sufren los embates de heladas, huracanes y otros sucesos climáticos cada vez más extremos. Eficiencia recurriendo a las mejores tecnologías, las mejores técnicas de gestión y control, los mejor capacitados, las mejores formas de mantener costos al mínimo y la calidad de los servicios al máximo.

El tamaño de este desafío rebasa a la disputa por el control de las utilidades, las reglas y las participaciones de mercado. Sin colaboración público-privada será imposible brindar electricidad con eficiencia y equidad. El registro histórico –el análisis de costos y beneficios a partir de la experiencia de múltiples países– así lo sugiere.

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