El pueblo y la democracia
Medios Políticos

Es un periodista especializado en el análisis de medios y elecciones. Tiene posgrado en Derecho y TIC, obtuvo el premio alemán de periodismo Walter Reuter en 2007, fue conductor en IMER y durante 12 años asesor electoral en el IFE e INE, editor, articulista y comentarista invitado en diversos diarios, revistas y espacios informativos. Twitter: @lmcarriedo

El pueblo y la democracia
Foto: Pixabay

Es común que se aluda a que el pueblo tiene derecho a decidir de manera directa y sin intermediarios, un discurso plausible así en genérico, pero que requiere precisiones al momento de traducirse en método, definir qué es el pueblo y cuáles son las garantías de participación que debe tener para empoderarse realmente.

Los ejercicios antiguos de democracia directa en Atenas (polis griega) no son ejemplos aplicables de forma idéntica en los Estados nación de nuestros tiempos, porque con amplios territorios y millones de habitantes no es manejable una plaza pública general, el ágora en donde todas y todos hablan en un mismo momento; donde todas y todos votan todo.

Eso no significa que el “directismo” inspirado en Atenas, ajustado a ejercicios modernos y diversos de democracia participativa actual, sea algo condenable; al contrario, bien implementado, sin discriminación de votantes como ocurría hace más de dos mil años, implica ejercicios colectivos de deliberación que frenan la lógica vertical de la clase gobernante y empoderan a la ciudadanía para tener incidencia permanente en temas de interés general, no solo cuando se trata de elegir a quién gobierna cada tres o seis años.

Giovanni Sartori, teórico italiano que dedicó su vida al estudio de la política, recordaba en sus 30 lecciones de democracia que, si bien la palabra demokratia se compone de ‘demos‘, que significa ‘pueblo’, y de ‘kratos‘, que significa ‘poder’, no basta esa raíz etimológica para resolver referentes comunes sobre el concepto mismo de qué es pueblo, porque hay diferencias notables a lo largo de la historia al respecto, incluso en la Grecia antigua antes de Cristo.

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Es válido y posible nutrir la democracia liberal representativa que tiene México, según la constitución, con métodos de democracia directa que también ahí están, no hay contraposición entre modelo representativo y directo, se complementan, siempre que se garanticen condiciones para que el pueblo delibere de manera justa, legal y efectiva; que tenga información suficiente y posibilidad de participar en definiciones directas pero no de manera simbólica o muestral, para entonces decidir en libertad, con legitimidad, de forma directa y vinculante sobre aspectos diversos que a todas y todos nos conciernen, usando como vehículo figuras como las consultas populares, referéndums, plebiscitos o revocación de mandato.

Sartori subraya que en Atenas había apenas unos 35 mil habitantes, de los cuales solo decidían en asambleas y “democracia directa” unos dos o tres mil. En los mejores momentos habrían llegado a cinco mil participantes, porcentaje mínimo frente al total de la población, es decir, no decidía de manera directa “el pueblo” completo.

Incluso en ese modelo de democracia antigua hace miles de años –como apuntaba el politólogo– habría al menos cuatro formas de entender qué se consideraba “pueblo” para ejercicios de democracia: 1. Todos los habitantes del lugar en cuestión (‘plethos’ o ‘los todos’), 2. Un buen número de habitantes (‘hoi polloi’ o ‘los muchos’), 3. La mayoría (‘hoi pleinoes’ o ‘los más’) y 4. Una multitud (‘ochlos’).

Adicional a ello, en Atenas no podían votar mujeres, migrantes ni esclavos, solo varones adultos que no tuvieran deudas con la ciudad. Por eso nunca era “el pueblo” completo el que tenía realmente oportunidad de incidir en las decisiones deliberando y votando directamente en plazas públicas, tampoco “la mayoría” de habitantes.

Los referentes de “pueblo” tienen más cambios en distintos periodos de la historia, en un primer momento “el pueblo” que decidía era solo una élite de hombres con poder o algo de dinero (sin deudas), luego más personas fueron consideradas en el concepto y, por ejemplo, con la perspectiva marxista clásica se asumía “pueblo” más como referente de una clase social específica explotada, el proletariado, pero nunca como otra privilegiada, la burguesía.

Esa división no se encuentra ya, formalmente, en nuestras democracias liberales o representativas, donde más que clases sociales para definir en términos de derecho a voto quién se considera pueblo que decide, se alude a personas en general, con derechos e igualdad en el voto.

La ciudadanía es pueblo en su conjunto, con el mismo derecho a participar (en teoría), siempre que tenga cierta nacionalidad, cierta edad, etcétera. Una persona es igual a un voto y no puede valer más o menos ese voto si se tiene poco o mucho dinero, si se es hombre o mujer, si se tiene una u otra religión, preferencia sexual o postura política.

Hoy, hablar de pueblo en un modelo de democracia representativa no se agota en lo que decida la Cámara de diputados, el Senado, los congresos locales o los gobiernos, y es válido y deseable que en casos específicos se abran más ejercicios de votación general abierta para toma de decisiones, incluso en plazas públicas con deliberación de una comunidad pequeña, pero siempre, unos u otros métodos, bien organizados, con recursos, justos, no simbólicos ni acotados; procedimientos serios y con las condiciones necesarias para más allá del discurso, que todas y todos tengamos información oportuna y opción de participar, no solo unos cuantos que luego se conviertan en sinónimo de pueblo todo.