La exclusión y la expulsión en el metaverso
Entre nodos

Periodista especializado en Tecnología con especial interés en la privacidad, el espionaje, la ciberseguridad y los derechos en la esfera digital. Observador de realidades, a veces provocador y defensor de la igualdad, la inclusión y el libre albedrío.
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La exclusión y la expulsión en el metaverso
"Meta" es el nuevo nombre de la compañía liderada por Mark Zuckerberg. Foto: Tomada de Internet.

El fin de semana me topé con un artículo en El País con testimonios de personas que habían sido expulsadas de las redes sociales Tinder o Instagram, o del popular juego Fortnite, por violaciones a los códigos de conducta de las plataformas. Los testimonios ahí recogidos dan cuenta que las plataformas no informan a sus usuarios qué fue exactamente lo que hicieron para merecer el destierro digital. Esto me puso a pensar: ¿qué va a pasar cuando los mundos físicos y digitales se fusionen en el metaverso? ¿Serán las empresas privadas quienes dictarán unilateralmente las líneas de comportamiento?

Estas preguntas merecen una verdadera reflexión. Las discusiones y las apuestas sobre el desarrollo del (o los) metaversos se han intensificado desde finales de octubre del 2021 a partir del cambio de nombre de Facebook a Meta. Las expectativas apuntan a una forma real de convivir, interactuar y de construir una economía con activos digitales a través de la inmersión de las personas en los escenarios virtuales.

Esto implicará que nuestras formas de conocer personas, hablar con ellas o incluso amarlas y forjar relaciones van a tener un importante (y predominante) componente digital inmersivo en el futuro, quizás en 15 o 20 años. La educación, el comercio, el entretenimiento, las consultas médicas, prácticamente todo se desarrollará en mundos digitales a través de los cuales vamos a acceder con gafas de realidad virtual, trajes hápticos y conexiones a internet de alta velocidad proporcionadas por las redes 5G.

Los testimonios recogidos en el artículo de El País hablan de una afectación en la vida personal, pues hay quienes utilizan plataformas como Tinder para conocer gente e iniciar relaciones amorosas; también hay quienes utilizan Instagram y Fortine para formar redes de interacción personal, económicas e incluso de apoyo. Por eso, no es fácil enfrentar una expulsión de esas plataformas.

Ahora vayamos a ese futuro prometido en que nuestra vida será en la inmersión digital. Primero hay que poner el contexto previsible: el del universo de los excluidos, quienes por cuestiones económicas, de disponibilidad tecnológica o por mera decisión quedarán fuera del o los metaversos. A esta primera exclusión hay que sumar a los expulsados que, como ahora ocurre en las redes sociales y plataformas digitales, quedan fuera por incumplir ciertas normas.

Actualmente las plataformas de Meta (Facebook e Instagram) tienen normas de conducta que bloquean a las personas usuarias que emitan comentarios que la empresa considere insultantes: la policía de la moral activada por inteligencia artificial. También tiene normas como la prohibición de imágenes de desnudos y de violencia gráfica. Esto ha llevado a censurar obras de arte y videos de denuncia y protesta social, muchas veces sin considerar contextos ni perspectiva de género.

Con el desarrollo del metaverso y sus normas de conducta, las empresas que tengan el liderazgo también tienen la oportunidad de establecer los códigos de comportamiento (o de control) de sus usuarios. Y si nuestra vida personal, social, económica y hasta política se desarrollará en la inmersión digital, estas empresas verán además una oportunidad de controlar a la sociedad.

Estamos hablando, no de comportamientos desalineados de los cánones de la moral occidental, sino de censura previa a la denuncia, a la libertad de expresión así como a la económica. Y lo último que podríamos esperar es la garantía de privacidad dentro de los metaversos. ¿Las legislaciones actuales serán suficientes para garantizar que una plática de nuestro avatar con otro dentro del metaverso se mantendrá confidencial? Y mucho menos pensar en que se podrían utilizar los espacios de algún metaverso para denunciar sin riesgos a las represalias.

Pongamos entonces que alguien se atreve a difundir un mensaje de denuncia contra algún gobierno o contra una de las empresas implicadas en el desarrollo de algún metaverso por actos unilaterales de injusticia. Supongamos que en el mejor de los escenarios, los términos y condiciones –esos que nadie lee– dicen en letras chiquitas que no se puede hacer ningún tipo de denuncia en ese espacio.

¿Van a vigilar nuestras conversaciones dentro del metaverso para garantizar el cumplimiento de la normatividad impuesta? ¿Van a expulsar automáticamente a quien se atreva a denunciar (y sin ofrecer un panel de conciliación)? O más drástico aún: ¿van a expulsar a quien, en el espacio del metaverso, difunda una obra de arte donde haya desnudos, ya sea por la falta de ropa en la obra o por una presunta violación a los derechos de autor?

Cuando esto sucede actualmente (las expulsiones o cuentas dadas de baja), las personas más afectadas son quienes generan sus ingresos y quienes posicionan sus marcas en estas plataformas. Ahora imaginemos el impacto para una persona que ha migrado completamente su vida a un espacio digital. Será devastador.

¿Qué hacer? ¿Será necesaria la intervención de los gobiernos para desarrollar normatividades locales dentro de los metaversos globales? ¿Se deberá generar de manera multilateral un punto mínimo de garantía a las libertades dentro de los metaversos? ¿Se deberá tratar únicamente bajo la perspectiva de las legislaciones enfocadas a la protección de las personas consumidoras?

Lamentablemente no tengo una respuesta ni una salida a los dilemas éticos ni para erradicar los riesgos a los derechos digitales que plantea el concepto del metaverso. Muchas personas están emocionadas, con expectativas altas y con empresas haciendo apuestas millonarias (el martes, Microsoft anunció la compra del desarrollador de videojuegos Activision Blizzard por 68 mil 700 millones de dólares como un movimiento para fortalecer su presencia en la construcción del metaverso).

Personalmente creo que debemos detener un poco nuestra emoción y plantearnos estos debates y dilemas a la par del desarrollo y materialización del o los metaversos. Esto será crucial para evitar que la inmersión digital se materialice en un sinónimo de exclusión, con el riesgo de crear ciudadanas y ciudadanos de segunda.