Sobre retórica y reforma eléctrica
Tácticas Parlamentarias

Analista y consultor político. Licenciado en Ciencia Política por el ITAM y maestro en Estudios Legislativos por la Universidad de Hull en Reino Unido. Es coordinador del Diplomado en Planeación y Operación Legislativa en el ITAM. Twitter: @FernandoDworak

Sobre retórica y reforma eléctrica
AMLO y Bartlett, el frente en pro de la reforma eléctrica. Foto: Especial

La semana pasada iniciaron los foros de consulta, conocidos como “parlamento abierto”, en torno a la reforma eléctrica. Como se ha visto en este espacio, este tipo de recursos sirve para posicionar un tema o retardar un debate para ganar tiempo de negociación.

Sin embargo, ¿servirán estos foros para que la oposición pueda socializar las bondades de la reforma energética del sexenio pasado? En realidad, lo dudo: lo único que tienen quienes defienden el estatus quo es la razón, y esa es la mayor pobreza que se puede tener en la discusión pública, donde se trata además de ganar la imaginación. Para eso se necesitan otras habilidades, aparte de un expertise técnico.

El lenguaje, sus usos y sus abusos políticos han sido una preocupación que viene desde la antigüedad, particularmente cuando la retórica llega a pervertirse para facilitar la demagogia. Hay antecedentes y tácticas que vienen desde los sofistas. Aristóteles llegó a dedicar un tratado al tema: Retórica.

Si entendemos algunos principios básicos sobre retórica, podremos entender mejor dónde estamos parados, cómo se nos está gobernando y, si ponemos atención suficiente, cómo podría la oposición reposicionarse, asumiendo que siquiera les interese. Veamos algunos principios y estrategas.

A riesgo de hacer algunas simplificaciones, Aristóteles escribía que hay afirmaciones y argumentos que, a través de la dialéctica, pueden conducir a conclusiones seguras. Hablamos aquí de un logos. Ahora bien, no siempre se puede alcanzar la verdad de esta vía, especialmente en temas públicos, donde hay probabilidades y opiniones divergentes: en vez de dialéctica, el filósofo habla de retórica.

Para compensar el déficit de rigor y potencia persuasiva de la dialéctica, Aristóteles introduce dos conceptos: ethos y pathos. Lo primero representa la impresión general que causa el orador: la manera que aquel se presenta ante nosotros, a partir de su carácter e historia. Lo segundo se refiere a las emociones del público, particularmente el estado de ánimo que encuentra el orador y cómo lo entiende para satisfacerlo.

En situaciones normales, el poder persuasivo se dividirá más o menos equitativamente entre logosethos y pathos. Aunque nunca ocurre del todo, se desea que en la retórica democrática el orden de los argumentos sea logos, seguido por ethos y finalmente por pathos. En sistemas autoritarios, el orden es ethos, seguido por pathos y finalmente logos.

¿Cómo se pasa de un equilibrio más o menos estable entre los tres elementos al predominio del ethos? La historia señala que, por lo general, es cuando un régimen estable declina, como Tucídides señala sobre la Atenas democrática y su paso a la demagogia. En democracias actuales, la demagogia surge cuando las instituciones no son capaces de atender y canalizar el descontento que se genera hacia las reglas establecidas.

En México, el patrón es idéntico: una democracia que si bien era mejor que lo que había décadas antes, sus deficiencias en diseño, como la ausencia de mecanismos eficaces de rendición de cuentas, aislaron a la élite política de la ciudadanía. La apertura económica no fomentó competencia y se dio dentro de esquemas de compadrazgo, lo cual exacerbó la inequidad. Si los gobiernos rotaban obligatoriamente, las instituciones se volvieron porosas a intereses externos. Bastó con una persona que, tras décadas de forjarse un personaje creíble, conquistó la imaginación del votante: Andrés Manuel López Obrador.

Veremos en la siguiente entrega qué tan importante es la retórica en el debate parlamentario.