Los niños, de verdad, tienen alas
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

Los niños, de verdad, tienen alas
Algunas fotógrafas lograron, con gran fortuna, captar con la lente esos instantes de juego y dicha. Foto: Rafael Arzate, Juegos de agua, 2015.

De niña dormí en los brazos de mi abuela

como la luna en el corazón del cielo.

La cama: algodón que salió de la fruta del pochote.

Hice de los árboles aceite, y a mis amigos les vendí

como guachinango la flor del flamboyán.

Como secan los camarones al sol, así nos tendíamos sobre un petate

Encima de nuestros párpados dormía la cruz de estrellas.

Tortillas de comiscas, hilos teñidos para las hamacas,

La comida se hacía con la felicidad de la llovizna sobre la tierra,

batíamos el chocolate,

y en una jícara enorme nos servían la madrugada.

Natalia Toledo

Tres niñas juegan sobre un hipopótamo a la sombra de un laurel. El laurel grita que es un laurel, que está vivo. Las niñas lo escuchan, ríen a carcajadas, con sonrisas de piña y ventanas de leche en las encías. La imagen es pletórica, diáfana; evocadora y esperanzadora a la vez. Son niñas de cualquier tiempo, jugando a voz en cuello con las palabras, descomponiendo sus cuerpos y desafiando toda ley de la materia: son elásticas, ocupan el mismo lugar en el espacio, oleaje de una encima de la otra, flotan y se sostienen con manos y pies, como pueden, con la única consigna de no dejarse caer. El suelo es lava y mar, o simplemente el vacío que aguarda con arenas movedizas y cocodrilos con alas. “¡Me caigo, me caigo, el dragón se llama como tú, estoy flotando en el espacio!” Están en Chilpancingo, Albacete, La Habana o Randers. Búscalas bien con las plantas de los pies y las yemas de los dedos: el lugar de la alegre inocencia, de la vida nueva, zona temporal y espacialmente autónoma, donde no importa lo que se lleve en los bolsillos, si son frijoles o filetes lo que espera en la mesa e, incluso, si se juega con falda o una camiseta luida que fue antes del primo y el hermano. Todo es dicha y el azar se entiende mejor ahí, de lo que jamás soñó el surrealismo: la casualidad y la coincidencia se saborean como paleta fresca. Las bocas recogen gotas de grosella que escurren por las manos embijadas, medio saladas por el sudor que condimenta juego y cosquillea las pequeñas espaldas.

Las infancias, todas las posibilidades de niñez que puede haber en el mundo, no sólo son la promesa de los pueblos, sino que también son sentido y significado. Junto con los viejos, el lugar donde se concentra lo más auténticamente propio de una civilización floreciendo. Por eso duelen los niños que huyen de la guerra con su gato y una inmensa maleta a cuestas, los que se calzan calizos con la misma tierra y andan por ella en miseria, buscando restos carbonizados de tortilla y semillas de chile ancho, disputándose lo poco que haya para llevarse a la boca con los ratones y las serpientes de campo. Duelen las niñas extraviadas, las que perdieron sus cuerpos porque fueron vendidos por un cartón de cerveza y quedan en el limbo sus almas, cuencas desorbitadas y maternidades tempranas. Ahí donde los niños sufren, no habrá nación y el futuro anuncia su terribilidad holocáustica. Pero hoy, sólo por hoy, pondremos eso que, sabemos existe, en pausa. Te propongo que, si me sigues en estas líneas, pienses en tus juegos de infancia en el patio de la escuela, el jardín de la abuela o a la mitad de la calle, tomada por diez pirinolas que hicieron de dos portones las porterías perfectas. Que recuerdes los caramelos devorados con fruición en la orillita de algún escalón, los raspados compartidos y los jugos congelados en tiempo de calor. Que sientas el impacto de los globos con agua empapando la espalda, las risotadas estruendosas sin motivo hasta doler la panza: las “trais”, los quemados, los policías y ladrones, las comidiltas con las muñecas de hule o trapo; las carreritas hasta la “bas” y la súplica encarecida por “cinco minutitos más, por favorcito”, para que el juego nunca tuviera que terminar. Ojalá nunca hubiéramos dejado de jugar, de imaginar la nave espacial en la recámara bajo una casita de frazadas o el poder inconmensurable de ser súper héroes y soldados, con la investidura que da una toalla por capa y un cucharón por espada. No necesitábamos nada porque el mundo se construía desde el interior y se arrojaba perfecto, a la medida, justo frente a nuestras pupilas. Y a pesar de los pleitos, rapidito todo se resolvía con un “a que yo era así de grande y tenía poderes mágicos para atrapar a los malos y tú me congelabas”. Los comparsas convenían y cada quien iba abonando a una realidad perfecta, la mejor que habremos de tener en lo que nos quede de vida: la de los sueños y la inventiva a tope de vibración eléctrica, ingenio colmado de azúcar donde todo hace sentido, porque las reglas son las del juego y la irrefrenable fantasía.

Algunas fotógrafas lograron, con gran fortuna, captar con la lente esos instantes de juego y dicha, favorecidas por la combinación de seguir siendo niñas y, en algunos casos, ser también madres embebidas por el ludens de sus crías. Quizá en Julia Margaret Cameron, a finales del siglo XIX, la imagen de pequeños tomando una siesta con halo angélico como en una pintura del Barroco o el Renacimiento, o de chiquillas posando con las manos juntas o un ramo de flores a la altura del pecho, resulten cautivadoras porque es la fotógrafa quien juega imaginariamente con sus muñecas: les suelta los cabellos, las cubre con telas y saca a flote toda la inocencia detrás de una mirada que no teme a la lente, porque no oculta nada. Luego con Sally Mann, los niños, sus propios hijos, serán retratados en el juego como un componente clave de la noción de tribu o familia, sin idealizaciones y más bien mostrando la sutil perversión que comienza a aflorar en esos pequeños seres desnudos, a fin de cuentas individuos con pulsiones, deseos y frustraciones: la pequeña que salta al vacío, la que se envuelve en los vestidos de su madre, el que anda por una senda oscura en zancos o la que desafía con una mirada intimidante, todos nos confrontan con la oscuridad que yace en nosotros desde la infancia. No lo neguemos: cuando niños sentíamos la codicia de ganar, de hurtar algún juguete del vecino, de morder al contrincante o de abrazarlo con una fuerza amorosa casi destructiva. Esos niños rebeldes y libres, a punto de ser salvajes, dialogan con los de Ana Casas Broda que tienen a la madre como el campo de batalla donde se disputan el amor, la posesión, el control y la rabia, impulsos psíquicos de una animalidad absolutamente humana y que abren una verdad inmanente de la maternidad: que la madre pertenece a los hijos desde su concepción y lactancia, presa eterna subyugada por el amor y el instinto de protección.

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Los niños tienen alas. Foto: Graciela Iturbide, El gallo, 1986.

Quizá ya estaba en nosotros lo que seríamos, como una bola de cristal que se revelara al ver directamente las pupilas de esos pequeños rostros, abrumadores por su honestidad: eso delatan los niños de Tina Modotti, casi maduros, con sombreros, delantales y rebozos, no sólo adultos a escala para la maqueta de un México postrevolucionario y aún bastante rural, sino advenimientos del futuro desangelado y hambreado. Nostalgia de un pasado remoto y tristeza absoluta de que, en los países desposeídos, las infancias carecen de tiempo para jugar porque están obligadas a trabajar para poder sobrevivir, de asumir el infortunio de su ingrata cuna de ocote y mortaja en petate de palma. Su desdicha está emparentada con la de los retratos infantiles de Maya Goded, cuyos modelos se ubican en miseria, periféricos y excéntricos a la sociedad que supura la podredumbre de sus entrañas: princesas bailando junto a la Santa Muerte, niños hambrientos que juegan con un auto miniatura que jamás tendrán o pequeñas afrodescendientes que danzan en la tierra con animales, porque los juguetes son un lujo extremo que nunca tendrán.

Cerremos esta remembranza mejor, hacia la luz de nuestra infancia, en reconocimiento de quienes fuimos y de lo que ya éramos cuando conocíamos el mundo en golosinas tutifruti, nubes con cientos de formas y pasteles de tierra o castillos de arena: los niños como regalo de la naturaleza. Así aparecen en las impresiones a blanco y negro de Graciela Iturbide: niña-corteza terrestre abrazando a un conejo, niños-montículos de arena volando al viento en rodada, libre o sincronizada, de embriagador mareo. Niño (tú y yo) con alas en la cabeza, plumas para surcar el viento del tiempo y hacerse a la vida, libre como un cóndor planeando muy por encima del suelo.

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