Exceso de mortalidad
Contratiempos

Reportera mexicana, especializada en periodismo social y de investigación. Ha colaborado en medios como Gatopardo, Animal Político, El País, Revista Nexos, CNN México, entre otros. Ha sido becaria y relatora de la Fundación Gabo. Originaria y habitante de Ciudad de México. Twitter: @claualtamirano

Exceso de mortalidad
Foto: Pixabay

*A la memoria de María de la Paz Villar Caso.

Un querido amigo español, el bombero y rescatista Enrique Valdearcos, me dijo alguna vez que le asombraba la normalidad con que los mexicanos aceptamos la muerte.

No se refería a la mundialmente famosa tradición del Día de Muertos, el prehispánico Mictlán y el simpático folclor con el que todos creen que aceptamos el fin, sino la facilidad con la que muchos mexicanos reconocen la muerte de sus seres queridos, sin caer en negación, sin pelear contra ello. Como algo ya esperado, incluso de una persona joven o sana.

La verdad es que no tenemos una idea o concepción generalizada entre todos los mexicanos sobre lo que signifique morir; si es algo terrible o solo el final de una vida que debe ser tomada con toda normalidad, como todas sus etapas. La religión católica –imperante en el país, según el Instituto Nacional de Estadística (Inegi)– cree en la existencia después de la muerte, quizá eso ayude a aceptarla, pero sigue siendo considerada como lo peor que puede pasarle a una persona: morir.

Sin embargo, después de dos años de pandemia de Covid-19 sumados a los tres lustros de violencia que hemos padecido en México, parece que ya hubiéramos normalizado la muerte. Todos tenemos claro, por supuesto, que la muerte es un destino ineludible para absolutamente todos; pero hasta 2019 aún era un acontecimiento la muerte de un conocido, era la peor noticia que se podía dar y quien la recibía exigía saber todos los detalles, intentando comprender cómo pudo ocurrir algo tan inesperado.

En 2022, después de tantas muertes que ocurren a diario –por Covid o por otras causas– las reacciones ante esa noticia son cada vez menos estridentes, el interlocutor parece estar preparado para escuchar, en cualquier momento, que murió alguien querido y aunque sigue siendo igualmente doloroso, ya no se recibe con tanto asombro. El último día de agosto, al enterarme de la muerte de la notable ginecóloga MariPaz Villar, me dolió el corazón y sentí lástima por un mundo que ya no contará con ese extraordinario ser humano, pero de alguna manera ya esperaba que esa fuera la mala noticia que me anunciaron cuando me llamaron de su consultorio.

Al día siguiente, cuando recibí la llamada de alguien lejano que siempre preguntaba por mi amigo Carlos Carrasco y tuve que comunicarle su muerte –hace casi dos años– su reacción fue la misma: tristeza pero inmediata aceptación. Alguien que en 2017 llamó consternada solo para saber cómo estaba Carlos después del terremoto, hoy tomó la noticia de su fallecimiento con total resignación. Las redes sociales están inundadas de mensajes de 2020, 2021 y 2022, en los que se comunica la muerte –cada día– de un familiar o amigo, con cada vez menos reacciones de incredulidad y shock. Este exceso de mortalidad de los últimos años ya la volvió cotidiana.

Y quizá esta normalización no sea tan negativa como suena, sino un mecanismo de adaptación al momento en que vivimos, o incluso un signo de madurez al aceptar lo inevitable. Por supuesto que las muertes violentas, no naturales ni accidentales sino provocadas son motivo de horror y son un flagelo que el Estado debe combatir. Esa muerte nunca debe ser normalizada, minimizada, aceptada; por el contrario, debe seguir siendo vista con horror mientras haya humanos que mueran a voluntad de otros.

La muerte natural, sin embargo, la accidental, por enfermedad, por complicaciones quirúrgicas –como en el caso de la doctora Villar– si bien conlleva la paz de lo inevitable, también deja el vacío de la incertidumbre: no hay religión capaz de explicar satisfactoriamente por qué muere la persona que amamos, pero tampoco la ciencia nos otorga esta respuesta, por lo que resulta inevitable recurrir a alguna creencia que nos haga sentir mejor. O aprender a aceptarlo.

Los nacidos en culturas occidentales nunca contemplamos la posibilidad de que nuestro ser amado haya muerto simplemente porque todos morimos, y punto. Incluso cuando normalizamos la muerte, seguimos creyendo que había una razón específica por la cual esa persona tenía que morir. Pero podría resultar positivo considerar esa perspectiva más oriental de la muerte, por lo menos cuando el fallecimiento no requiere una batalla por justicia.

Lo cierto es que, cuando nos vemos obligados a convivir todos los días con la muerte, sí, la aceptamos. Cuando varios de los amados mueren uno tras otro, vamos mirándola con menos espanto cada vez. Aunque siempre dolerá la ausencia, dejamos de gritar al verla y empezamos a invitarla a cenar a nuestras casas. Por lo pronto, Maripaz tendrá un lugar en mi ofrenda –y la de muchas de sus pacientes– a partir de este año.