Deja de llamar ‘tóxica’ a la gente, este es el motivo

Es una estudiante de doctorado que cursa psicología clínica en Nueva York. Su primer libro, trans girl suicide museum (Hesse Press) fue publicado en 2019.

Deja de llamar ‘tóxica’ a la gente, este es el motivo
‘El mundo está plagado de dinámicas desiguales y de abusos de poder. Pero cuando las personas con igual cantidad de poder se culpan entre ellas de ser "tóxicas", "manipuladoras" o "narcisistas", a menudo están tomando el camino más fácil.' Foto: Alamy Stock Foto

En los últimos años he observado un aumento del uso de la etiqueta “tóxico” como respuesta a un comportamiento difícil o destructivo. Los medios de comunicación, desde Psychology Today hasta Harvard Business Review, publican artículos sobre cómo identificar o evitar a las personas tóxicas. Políticos como Mitch McConnell utilizan el término para describir a sus adversarios. Incluso, los psicólogos académicos han comenzado a utilizar la palabra.

El interés colectivo sobre la toxicidad cobra sentido en el contexto social. El movimiento MeToo exhibió innumerables ejemplos impactantes y de alto perfil de sexismo en los lugares de trabajo. Los psiquiatras debatieron públicamente sobre si el presidente de Estados Unidos, a quien no le gustaban las críticas y al parecer no podía dejar de despedir gente, podía ser diagnosticado con un trastorno de la personalidad. Conceptos de justicia social como el de “masculinidad tóxica” fueron absorbidos en áreas más convencionales.

Ahora, los médicos y los laicos multiplican un sinfín de contenido de autoayuda y de psicología popular sobre cómo en cada entrevista de trabajo, familia política o grupo de posibles parejas acechan las llamadas personas tóxicas. Como muchos términos coloquiales que caracterizan los fenómenos psicológicos, la toxicidad no es específica. Las personas tóxicas son agresores o víctimas, demasiado involucradas o demasiado alejadas, demasiado negativas o demasiado positivas. Si bien es tentador, este tipo de etiquetado general trae muchos problemas. Toda la premisa se basa en una ciencia dudosa y provoca un comportamiento inútil y fatalista en las personas en ambos lados del conflicto.

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El concepto coloquial de una persona tóxica se remonta a la categoría clínica de los trastornos de la personalidad, un conjunto confuso de diagnósticos definidos por una supuesta disfunción interpersonal duradera e invariable. La patología de la personalidad, aunque se considera legítima en el diálogo común, es objeto de un acalorado debate por parte de los médicos reales.

Por ejemplo, el trastorno narcisista de la personalidad es tan controvertido que casi fue eliminado de la edición de 2013 del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (la referencia oficial de los trastornos psiquiátricos de Estados Unidos), en parte porque los médicos no podían ponerse de acuerdo sobre qué es exactamente. Las referencias a la psicopatía, al igual que la toxicidad, se impregnan en la cultura popular a pesar de que no existe tal diagnóstico en los manuales oficiales de psiquiatría. Las herramientas clínicas para evaluar la psicopatía son poco fiables, pero esta debilidad clínica no ha disminuido la prevalencia del concepto.

El psiquiatra e historiador Jonathan Metzl ha documentado ampliamente las formas en que las características clínicas se desarrollan y transforman a medida que la cultura cambia. Si los gurús de autoayuda de YouTube y los dramas criminales de la televisión cuentan historias sobre el narcisismo, la psicopatía o la toxicidad, comenzaremos a reconocer las características en las salas de tribunales reales, clínicas, cubículos y en nuestras propias vidas.

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Entonces, si narcisista y psicópata no son necesariamente categorías científicas estables, ¿qué sabemos sobre las personas con personalidades difíciles? En general, las personas son maleables, y las variaciones en el contexto y la experiencia pueden provocar comportamientos muy variados. Las investigaciones sugieren que incluso los estilos de personalidad difícil pueden cambiar con el tiempo, en lugar de ser fijos e inamovibles. Los expertos sobre conflictos difíciles de tratar no se centran mucho en los actores malos, en parte porque saben que las dinámicas y las situaciones son tóxicas, no las personas.

Tomemos el ejemplo de la toxicidad en el lugar de trabajo. Las investigaciones demuestran que cuando las personas con poder son dominantes, son influenciadas por el poder que se les otorga contextualmente. Claro, tu jefe es un idiota, pero llamarlo “tóxico” se aleja del punto; un lugar de trabajo jerárquico y una posición de poder sin supervisión son el mayor problema, no algo intrínseco en él. No se necesita simpatizar con los jefes desagradables para ver la diferencia entre decir que alguien te ha atormentado y decir que es congénitamente malo.

Entonces, si la ciencia es dudosa, ¿por qué llamarse tóxicos el uno al otro? En parte porque es emocionalmente satisfactorio culpar a otras personas de nuestra angustia; las personas en realidad se vuelven adictas al sentimiento de quejarse. Especialmente cuando estamos estresados, buscamos formas para contar las situaciones difíciles como momentos en los que hemos sido perjudicados de alguna manera. Esta compulsión de culpar a los demás es una parte de la “toxicidad” que los gurús de autoayuda venden: te exhortan a soltar las diferencias o a la autorreflexión y a aceptar la condena.

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En situaciones difíciles, una parte de nosotros se preocupa de que todo sea culpa nuestra. La culpa es protectora, porque significa que no nos pasa nada. Explorar los sentimientos de culpa o vergüenza de trabajar para un jefe intimidante o salir con una persona irresponsable puede ayudarnos a volvernos lo suficientemente valientes como para dejar o cambiar una mala situación (sin recurrir a culpar a la personalidad intrínseca de la otra persona).

Pero, ¿qué pasa si la otra persona realmente hizo todo el daño? ¿Entonces son tóxicos? Las investigaciones demuestran que creer que los demás tienen rasgos fijos que no cambian (incluyendo, por ejemplo, la patología “tóxica” de la personalidad) da paso a una actitud defensiva, a no escuchar y a no establecer límites (porque ¿de qué sirve si no pueden cambiar?). Por el contrario, la creencia de que las personas pueden cambiar nos ayuda a cambiar las perspectivas y a tolerar la complejidad incluso en conflictos intensos.

Por supuesto, el mundo está plagado de dinámicas de poder desiguales y de abusos de poder. Pero cuando las personas con la misma cantidad de poder se culpan mutuamente de ser “tóxicas”, “manipuladoras” o “narcisistas”, a menudo están tomando el camino más fácil. En situaciones de interdependencia unidas a un gran daño, enmarcar temporalmente a su jefe o a su novia o a su padre como patológicamente malos, con el fin de liberarse ellos, puede ayudar a las personas en crisis. Sin embargo, a largo plazo, recurrir a la patología fija para explicar el mal comportamiento crea problemas para todos los involucrados.

Las personas se hacen cosas horribles unos a otros. Creo que las personas que sobreviven a un gran daño deberían contarlo de la forma que necesiten para poder recuperarse. También creo, como psicóloga en formación, que renunciar a los marcos de villano/víctima puede ser enormemente transformador. La angustia emocional se alivia temporalmente cuando atribuimos nuestro dolor a la patología fija y maligna de la otra persona. Pero las personas que están sufriendo pueden experimentar más poder, creatividad y capacidad de acción en situaciones difíciles y cargadas de emociones al evitar afirmaciones generales y categóricas sobre la psicología de otras personas.