Un recorrido por el impresionante cañón de Namurachi, en Chihuahua
La superficie plana del Cañón de Namurachi lo hace ideal para el senderismo para personas de cualquier edad. Foto: José Arrieta

Paciencia. La palabra que podría definir los caminos que el agua y el viento han formado en las enormes piedras que forman el cañón de Namurachi en la población de San Francisco de Borja, es justo esa: paciencia. Y el elemento, tiempo.

Apenas cinco minutos después de salir de la ciudad de Chihuahua, los ojos acostumbrados a la ciudad empiezan a alargarse. Es hora de dejar los lentes a un lado y aprovechar la longitud de los paisajes para ver a uno, dos kilómetros de distancia, sin forzar la vista. Las praderas chihuahuenses, secas y doradas, se expanden así.

Tras una hora de viaje por una autopista con pocas curvas y muchas rectas, se llega al destino. La localidad más cercana, San Francisco de Borja, con su pequeña iglesia que formó parte de las misiones jesuitas, queda a unos diez kilómetros de distancia.

Aunque también se puede llegar a pie, la mayoría de los paseantes arriba en camionetas o autos. Previo pago de 10 pesos a la autoridad local para la conservación de este espacio natural, se puede caminar por los corredores que se adentran en el cañón de Namurachi.

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Foto: José Arrieta

En lengua rarámuri, Namurachi significa “lugar de cuevas”. Y precisamente la gran cantidad de cuevas es uno de los grandes atractivos de esta zona, tallada con paciencia por los elementos, y donde se descubrieron antiguamente yacimientos de oro y plata.

La longitud es de apenas 700 metros de largo, pero su profundidad es de 25 metros, por lo que la sensación es la de estar explorando las entrañas de la Tierra. Aunque el suelo es muy firme, la grandeza del paisaje invita a avanzar con pasos lentos para no perder detalle de esta obra de arte natural.

Al final del recorrido espera una pequeña capilla, dedicada al Sagrado Corazón de Jesús que, en tiempo de la Guerra Cristera, fue el sitio en donde los fieles católicos se reunían a pesar de la persecución gubernamental. 

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Foto: José Arrieta

A lo largo del cañón hay numerosos espacios en los que se pueden lograr fotos espectaculares con apenas poco esfuerzo. El contraste natural de las formas, las siluetas y los colores con los elementos vivos hace que incluso el fotógrafo incidental pueda tomar hermosas imágenes.

Cuando sale de este lugar, la gente suele recolectar pequeñas piedras planas y las coloca en las oquedades del cañón, formando pequeñas torres que conviven con las puestas allí por los primeros habitantes de la región. Es un símbolo de buena suerte y reverencia para un sitio que invita a la contemplación calmada y silenciosa.