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Julie Felix: la brillante bailarina negra que se vio forzada a dejar Gran Bretaña

Le dijeron que no había espacio para un ‘cisne café’ en el London Festival Ballet, así que se fue a EU. Allí encontró un éxito enorme, bailó para todos desde Michael Jackson hasta Prince.

"Si me sangraban los pies o me salían ampollas en los dedos de los pies, nada de eso me importaba"... Julie Felix cerca de su casa en Cornwall. Foto: Emli Bendixen / The Guardian

El punto decisivo de la carrera de Julie Felix fue en 1975. Como estudiante en la escuela de ballet Rambert en Londres, la seleccionaron para bailar en la producción de Rudolf Nureyev de la Bella Durmiente con el London Festival Ballet (ahora el English National Ballet). Nureyev era el dios del ballet británico, y afirmó su reputación en el primer día de ensayos, recuerda Felix. “Él llegó tarde, pero todos decían que siempre llegaba tarde. De repente las puertas se abrieron y él entró. Era conocido por estas botas grandes que usaba, y un abrigo de piel. Se quitó el abrigo como un matador y lo lanzó para que se deslizara a través del suelo del estudio. Todos se levantaron para ponerle atención. Estuvo ahí probablemente como media hora”. En ese entonces, Felix estaba impactada. En retrospectiva, medio siglo después, ella está menos impresionada: “Que poco profesional”. 

En la versión de cuento de hadas de la vida de Felix, al encontrarse en el escenario con Nureyev, se habría unido al London Festival Ballet y convertido en la primera bailarina británica negra en comenzar su ascenso por los rangos de una compañía de ballet británica. En lugar de esto, le dijeron que ella era una “bailarina hermosa”, pero que no le darían un contrato, “por el color de mi piel. Arruinaría la línea del cuerpo de baile, porque no puedes tener una fila de puros cisnes blancos y uno café al final”. 

Felix estaba impactada: “Me golpeó como un relámpago”. Su madre era británica blanca y su padre afrocaribeño, de Santa Lucía. Ella nunca pensó que el mundo refinado del ballet fuera lo que hoy describimos como institucionalmente racista. “Suena ridículo, pero como no experimenté ningún problema racial ni dificultades antes de eso, no pensé que hubiera nada malo con el color de mi piel. Pensaba que era talentosa y que eso sería suficiente”. 

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Al crecer en Ealing, en el oeste de Londres, en la década de los 60, Felix ciertamente sabía sobre las diferencias raciales. Ella rara vez veía caras que no fueran blancas en el vecindario o en la escuela, dice ella. Después de que sus padres se conocieron en una banca en Hyde Park, la familia de su madre no lo aprobó. “Dijeron: ‘Si te casas con ese hombre, te vamos a desconocer’. Y mi mamá dijo: ‘Bueno, está bien, todavía me quiero casar con él’”.

Su padre, quien era capataz en la fábrica de Hoover, era bastante encantador, dice Felix. “Él era el hombre más orgulloso. Pintaba la puerta principal de un color diferente cada año. Siempre estaba en las escaleras lavando sus ventanas. Cultivaba frutas y vegetales en su jardín trasero. Pero diría que mi papá tenía un gran peso en sus hombros”. 

Ella describe cómo él se vestía como un dandy, con trajes de los 40 y polainas, incluso si solo iba a hacer la compra. “Siempre regañaba a los de las tiendas y les decía: ‘Estás eligiendo las frutas y los vegetales maltratados por que soy negro. ¿Crees que no puedo ver eso?’” Ella se ríe. “¿Por qué te mudarías a un lugar si vas a pasar el resto de tu vida preocupado por cómo te mira la gente y por tu color?”. 

Hubo un incidente cuando ella tenía ocho o nueve años, cuando su padre regresó muy tarde del trabajo, con su camisa rota y cubierto con sangre. Un colega lo atacó afuera de la fábrica con un cuchillo de carnicero y una cadena. “No le gustaba, uno, cómo le hablaba mi padre, y, dos, porque mi padre era negro”, dice ella. 

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Culturalmente, la casa Felix era “100% británica”, dice ella. Ella no estaba conectada con su familia de Santa Lucía, aunque ella veía a sus abuelos en Essex regularmente (las relaciones mejoraron cuando la hermana mayor de Felix y ella nacieron). Musicalmente, a su padre le gustaban los crooners estadounidenses como Frank Sinatra y Nat King Cole. Su madre prefería la música clásica y alguna vez aspiró a ser una cantante de ópera. “Así que cuando yo quise bailar, fui a una escuela de ballet local a la vuelta de la esquina en Ealing, y mamá dijo; ‘Bueno, mientras trabajes duro y te guste, te lo financiaré’. Ella no era una controladora mamá de ballet estereotípica, pero sabía que yo lo amaba. Y como ella dejó de hacer lo que ella quería hacer, estaba ahí al 100% para mí”. Cuando ella pasó la audición para Rambert, sus padres no podían pagar las cuotas. Felix ganó una beca de la Inner London Education Authority, que pagó el 75%. 

Felix en Nueva York en 1983. Fotografía: Cortesía de Julie Felix

Felix dice que nadie “nace para bailar”, pero, como estudiante, su pasión por el ballet era ilimitada. “Recuerdo la sensación de levantarme en la mañana, más temprano de lo que debería, subirme al metro e ir hacia Notting Hill Gate, donde estaba la escuela. Era la primera en la puerta. Los de la limpieza seguían ahí. 

Nunca era suficiente para mí. Mi amiga y yo estirábamos y practicábamos nuestros fouettés en el descanso para el almuerzo. Éramos las últimas en salir del edificio. Subía al metro, regresaba a casa. Mis pies sangraban, Tenía ampollas en todos mis dedos. Y no me importaba. Solo sabía que esto era requerido. Remojaba mis pies en agua con sal, les untaba alcohol quirúrgico para que la piel sanara y los secaba para poderme levantar la siguiente mañana y subirme en el tren otra vez”. 

Después de toda su dedicación, ser rechazada por su color fue devastador. “Aunque no duró mucho”, dice. “Parte de mi personalidad es hundirse o nadar. Y pensé: ‘No me voy a hundir aquí’. Así que lo voltée y dije: ‘Mirenme. Te voy a demostrar que puedo hacerlo’”. 

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Ella no tuvo que esperar mucho. El verano anterior, el Dance Theatre of Harlem (DTH) estuvo en Londres. Esta era una compañía de ballet precursora con bailarines de color que fundó en 1969 Arthur Mitchell, el primer bailarín afroameticano destacado en el ballet de EU. Cuando estuvieron en la ciudad, Felix fue y audicionó y de inmediato le ofrecieron un contrato. Ella declinó. Cuando su maestra en Rambert se enteró, “se puso como loca”, recuerda Felix. “Ella dijo: ‘No puedes elegir. ¡Te ofrecieron un trabajo!’” Afortunadamente, el DTH regresó a Londres unos meses después de su experiencia con Nureyev. Felix audicionó y le ofrecieron un contrato por segunda vez. No lo rechazó. 

Esta vez, el color de piel de Felix le daba una ventaja, aunque al trabajar con una compañía de color en EU fue una inversión curiosa: “Pasé de todo mi entrenamiento de ballet, y de crecer sin tener mucho que ver con personas de color, a ir a Nueva York y que no hubiera personas blancas”. Antes de mudarse a Nueva York, Felix nunca había tenido un pasaporte, dejado el Reino Unido ni volado en un avión. 

“Después de dos semanas ahí, Arthur Mitchell me dijo: ‘Te vamos a quitar lo británico’. Y me ofendí porque estoy muy orgullosa de ser británica”, dice Felix. En retrospectiva, ella sabe a qué se refería: “Era la manera en la que usaba mi técnica y mi entrenamiento de ballet. Pero no era solo eso, era todo lo que Arthur Mitchell enseñaba y representaba y que quería que representáramos con nuestro trabajo. Él quería demostrar que la gente negra realmente puede hacer esto”. 

El propósito de DTH se alineó con el de Felix. Ella estuvo 10 años en la compañía, se ganó su lugar como solista y estuvo de gira en EU y más allá (incluido un regreso satisfactorio a la Royal Opera House). La vida en EU puso el racismo británico en perspectiva, dice Felix. En su primera semana en Nueva York, ella vio cómo dos policías blancos le dispararon a un joven negro por robar en una tienda. Una presentación en Mississippi en 1978 se tuvo que cancelar porque el Ku Klux Klan se manifestó afuera del teatro, con sus capas blancas, cruces con fuego y todo. “No hay palabras para describir esa sensación”. 

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Hubo más momentos buenos que malos. Felix compartió el escenario y bailó para figuras desde Ronal Reagan, hasta su héroe, Luciano Pavarotti. Ella bailó con Lionel Richie All Night Long en la clausura de los juegos olímpicos de Los Ángeles 1984. Los visitantes de sus shows incluyeron a Michael Jackson y Prince. Jackson quería contratar a los bailarines en una película oscura de Peter Pan, dice ella. Él fue a una matinée en Pasadena, California, supuestamente de incógnito, pero con indumentaria completa de Jackson: lentes oscuros, rizos Jheri, atuendo militar, complementado con guardaespaldas. “Yo estaba molesta, porque estaba ahí para presentarme, pero estaban todas estas chicas gritando en el público”, dice Felix. “De todas formas, después de que terminó, él pasó tras bambalinas y nos dijo con voz muy baja: ‘Realmente disfruté su presentación. Creo que son fantásticos’. Que hombre tan humilde”. 

Un año después, Prince fue a un show, por coincidencia en el mismo teatro. Él fue similarmente de “incógnito”, con una capa morada con lentejuelas. Nunca se quitó la capucha. “Al final de la presentación, se fue a su limo y se fue sin decir gracias, hola, ni nada. Realmente bastante grosero”. 

En 1986, a sus 30, Felix comenzó a sentir los estragos físicos de la vida de ballet. También extrañaba su casa. Regresó al Reino Unido y se volvió maestra y entrenadora del Royal Ballet en Sadler’s Wells, primero en Londres, después en Birmingham, donde la compañía se reubicó cuando se convirtió en el Birmingham Royal Ballet, en 1990. Ella se casó y tuvo tres hijas (ninguna siguió los pasos de su madre). 

Después se convirtió en directora de danza en una escuela local. Era su turno de “quitarle lo británico” a sus estudiantes. “Ellos no parecen saber cómo presionarse”, dice ella. “El ballet es muy doloroso. Si no sientes eso, no lo estás haciendo bien”. El ballet también siempre ha requerido una forma de fisicalidad altamente específica, señala Felix. “Necesita pies muy arqueados, requiere buena rotación de las caderas, un cuerpo delgado, músculos largos y flexibles, cuello largo, cabeza pequeña”. A pesar de su talento o musicalidad, dice ella, los bailarines que no tengan este cuerpo batallarán. Tal vez es esta discriminación inherente lo que ha hecho que otras formas de discriminación sean más fáciles de disfrazar. 

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El ballet británico ha progresado desde los 70, pero podría hacer más. El Birmingham Royal Ballet, por ejemplo, tuvo un programa exitoso de talleres con escuelas locales, cuyos pupilos eran negros, asiáticos o con orígenes de alguna minoría étnica, pero parece que esos programas se “desvanecieron” como resultado de cortes en el presupuesto de las autoridades locales, dice Felix. En la otra mano, hay instituciones como Ballet Black, que aboga por la diversidad en el ballet profesional. En el momento de su fundación en 2001, no había mujeres de color en ninguna compañía británica. El Royal Ballet reclutó a su primer bailarín afrobritánico, Solomon Golding, hasta 2013. 

Felix no está convencida de que el ballet británico haya cambiado de página: “Todavía creo que hay compañías de ballet que aceptan a algunas personas de color para ser políticamente correctos”. Sin embargo, le conmovió la designación del bailarín cubanobritánico Carlos Acosta como director del Birmingham Royal Ballet en 2020, aunque la pandemia haya frenado sus actividades. Mientras que todas las artes británicas son vulnerables en este momento, el ballet lo es especialmente por sus altas demandas de tiempo, trabajo, espacio y personal. Ahora en Cornwall, Feliz enseña por Zoom desde el año pasado. No se queja: “Realmente es un lugar hermoso para estar confinada”. 

El color de piel de Felix comenzó como un factor en contra de ella, pero se convirtió en una fuerza anímica en su carrera y la llevó a tener muchas experiencias y éxitos que de otra manera no tendría. Con esa satisfacción, la furia que siente porque le hayan dicho que su color “arruinaría la línea” a sus 17 años se ha suavizado un poco. “Su decisión de no aceptarme me permitió encontrar algo dentro de mí que probablemente nunca habría sabido que estaba”, dice ella. “Y después abrió todo este otro mundo para mí. Así que puedo decir que el odio se convirtió en gratitud”.

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The Guardian
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