La desigualdad no es una pandemia pasajera
De Realidades y Percepciones

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La desigualdad no es una pandemia pasajera
Foto: EFE

La desigualdad no es una pandemia pasajera, es una cepa derivada de la falta de implementación de soluciones. Un lastre social difícil de vacunar. El resultado de distintos sistemas económicos fallidos, de malas legislaciones, egoísmos, políticas públicas deficientes, ambiciones de poder, falta de empatía, nula capacidad autocrítica y la poca disposición de entendernos corresponsables de la vida de los otros.

En enero de 2021, el informe Oxfam nos llamaba la atención para establecer mecanismos que ayudaran a contrarrestar los efectos de la crisis sanitaria en los temas fundamentales para la humanidad.

Un año después tenemos el informe más reciente en nuestras manos y los datos son contundentes. La desigualdad es mayor, los escenarios planteados se cumplieron y las brechas son más grandes.

Los datos que nos presenta Gabriela Bucher, directora ejecutiva de Oxfam Internacional, son devastadores. Confrontan nuestras cartas de buenos deseos de salir fortalecidos después de la pandemia, contra la realidad de una sociedad y gobiernos de resultados fallidos en temas como la desigualdad económica, los sistemas de salud pública insuficientes, el racismo, el desempleo, la violencia en contra de las mujeres, la crisis migrante, el sector informal y la educación.

En el informe del año pasado, Oxfam nos detallaba cómo “el incremento de la fortuna de los 10 hombres más ricos del mundo bastaría para evitar que nadie cayese en la pobreza a causa de la pandemia y para financiar una vacuna universal contra el Covid-19”.

Trescientos sesenta y cinco días después, la realidad nos dice otra cosa: las 10 fortunas más grandes del mundo lo que hicieron desde el inicio de la pandemia fue duplicarse, mientras el 99% de la población mundial vio afectados sus ingresos, más de 160 millones de personas se sumaron a la pobreza y, de acuerdo con Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), todavía a finales de 2021 más del 47% de los países miembros a la OMS no lograron el objetivo de vacunar al 40% de su población.

En temas de paridad de género, se estimaba que para cerrar la brecha a nivel global entre mujeres y hombres se necesitarían 99 años, hoy, después de la pandemia, se estima que se necesitarán más de 135 años para lograrlo. Como ejemplo: “Conjuntamente, 252 hombres poseen más riqueza que los mil millones de mujeres y niñas que viven en América Latina, África y el Caribe”, según Oxfam.

En México es difícil enlistar las consecuencias que, de forma directa o indirecta, nos ha dejado la pandemia. Algunas debido a las malas decisiones tomadas por el actual gobierno y otras ocasionadas por eventos colaterales propios de la crisis sanitaria y climática que vive el mundo.

Lo que sabemos es que hoy tenemos más de 3.8 millones de nuevos pobres y el porcentaje de la población en pobreza extrema aumentó a 10.8 millones de personas, familias enteras que no tienen ni siquiera los recursos mínimos para satisfacer las necesidades básicas de alimentación, según datos de Coneval.

La brecha educativa entre escuelas públicas y privadas aumentó como resultado de las distintas capacidades que tiene cada familia e instituciones de contar con las herramientas tecnológicas necesarias para evitar un retraso mayor en el desarrollo de las niñas y niños del país. Además de la alta deserción escolar a causa de los problemas económicos que han sufrido las familias.

Por otra parte, México es el primer lugar en tasa de letalidad por el Covid-19 entre las 20 naciones que se han visto más afectadas del mundo, según datos de la Universidad John Hopkins. Y si tomamos en cuenta el exceso de mortalidad, representamos el 12% aproximadamente de las muertes totales causadas a nivel global por el coronavirus.

Los números ahí están, el tiempo juzgará las decisiones tomadas por los gobiernos de cada país. La sociedad tendrá que evaluar si los encargados del manejo de la pandemia optaron por hacer política frente a la salud pública o evaluar los cálculos electorales frente a realizar lo correcto para proteger a los más vulnerables.

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El año pasado, el análisis y propuestas en el informe Oxfam no fueron atendidos de forma efectiva, ya sea por incapacidad de los gobiernos, falta de interés o por haber priorizado los objetivos personales sobre las verdaderas acciones para atacar la desigualdad.

Hoy, nuevamente nos hace un llamado a solidarizarnos. Nos enseña el camino para buscar soluciones y hacernos corresponsables de las consecuencias de nuestro actuar. Porque todos tenemos un papel dentro del desenlace de esta historia para construir una comunidad más justa y entender que el éxito o la supervivencia no se trata de méritos propios cuando no todos partimos de las mismas bases.

Necesitamos despertar porque más allá de ser un informe, si no hacemos nada, se puede traducir en una sentencia. La decisión está en nosotros.