Cuando el cuidado es un privilegio
Contratiempos

Reportera mexicana, especializada en periodismo social y de investigación. Ha colaborado en medios como Gatopardo, Animal Político, El País, Revista Nexos, CNN México, entre otros. Ha sido becaria y relatora de la Fundación Gabo. Originaria y habitante de Ciudad de México. Twitter: @claualtamirano

Cuando el cuidado es un privilegio
Foto: Pixabay

Love dares you to care for the people on the edge of the night. David Bowie & Queen

Los padres envejecen. Mueren. Estemos listos para su partida o no, sean las personas más importantes de nuestra vida o no, su tiempo es finito. Y mirarlos envejecer es mirar nuestra propia finitud a la cara, entender que el tiempo jubiloso y chispeante en que todos eran jóvenes y estaban sanos, cuando el futuro parecía eterno, se acabó. Y que, en un segundo, nosotros estaremos en su lugar.

Cuando ellos envejecen y su cuerpo empieza a deteriorarse, llega uno de los momentos más complicados de la vida: cuidarlos. Y es donde empiezan las disputas familiares por la repartición de las tareas, por definir cuánto tiempo, dinero y recursos puede y debe dedicar cada hijo a la atención del pariente que la requiere.

Y por mucho amor que haya en ese vínculo familiar, esta siempre es una situación estresante. Principalmente para el adulto mayor que pierde su autonomía en algún grado, que debe enfrentar su propia vulnerabilidad y dependencia, que ve amenazadas varias de sus capacidades –la de decisión, entre las más importantes-; pero también –y en una medida no despreciable– es estresante para los familiares que ven amenazado el dominio de su tiempo y su libertad, incluso su economía.

Pero lo más trastocado en esta situación es el lazo afectivo que une a todas las partes. O, por lo menos, el bienestar que dicho afecto genera en todos los familiares: el gusto que da reunirse, todas las actividades que se pueden hacer en familia, los lugares a dónde ir, los juegos por jugar, el inacabable desfile de comidas qué compartir –especialmente con una gastronomía como la mexicana– y los planes sin límite para seguir conviviendo en grupos etarios distintos, todo sufre cambios.

Esto, lo admitamos o no, afecta el ánimo de todos. Cierto es que algunas personas carecen de paciencia y se vuelven irascibles desde el día uno, pero hasta el espíritu más amoroso y la paciencia más resistente se desgastan cuando los cuidados se vuelven permanentes o de largo plazo; el amor se corroe en alguna medida cuando el destinatario de nuestro amor requiere nuestra atención cada minuto, de cada hora de cada día, sin la esperanza de que eso cambie, como cuando un bebé crece. Esto es humano y normal.

Es por esto que el cuidado no debe ser relegado exclusivamente al ámbito familiar. Aunque los conservadores disfrazados de izquierda crean que las familias son suficientes para autosatisfacer todas sus necesidades –niños, adultos mayores, enfermos, personas con discapacidad (PcD), animales de compañía- la realidad es que el verdadero bienestar de todos depende de que cada necesidad sea cubierta de la manera adecuada y por las personas indicadas, no por la propia familia; especialmente cuando la población está envejeciendo a un ritmo acelerado.

Por más acostumbrados que podamos estar los mexicanos a hacer todo con nuestras propias manos y recursos, por más habituados que estemos a no tener un Estado responsable; por más “amueganada” que sea la familia mexicana, los cuidados no son un asunto privado sino una obligación del Estado que, cuando no se cumple o se cumple mal, erosiona el bienestar de cada persona y termina por erosionar a esa institución que tanto defienden, justamente, los conservadores: la familia.

La realidad en México –y en la mayoría de países de América Latina– es que los cuidados caen sobre los hombros de las familias y no en el Estado, porque no existe un Sistema Integral de Cuidados al cual acudir cuando requerimos atención para nuestros padres: apenas se puede acceder a un sistema público de salud cuyo trato es, por decir lo menos, inhumano. Porque los gobiernos asumen que lo único que los adultos mayores necesitan es sanidad.

Pero en su cotidianeidad necesitan apoyo para levantarse de la cama y a veces al acostarse por las noches; para bañarse, para prepararse alimentos varias veces al día; para hacer sus compras, lavar su ropa, limpiar su casa; muchos de ellos no pueden –o no deberían- levantar objetos que se les caen al suelo. Tan simple como eso y tan complejo para quien no está en todas sus capacidades, como un adulto mayor o una PcD.

Aquí es donde los cuidados se vuelven una cepa más de la desigualdad que impera en México, uno de los países de esta, la región más desigual del mundo: América Latina. Porque el cuidado que requiere un adulto mayor, no servicios médicos u hospitalarios sino el que necesita en su propia casa, se vuelve un privilegio de quien puede pagarlo.

Así como los gobiernos han repetido desde siempre que no pueden “poner un policía para cuidar a cada ciudadano”, tampoco pueden poner a una enfermera o cuidadora –casi siempre son mujeres– en cada casa habitada por un adulto mayor. Mucho menos cuando ni siquiera existe un Sistema y se sigue considerando que para cuidar están las familias y en las familias, las mujeres.

Entonces los cuidados caen, otra vez, sobre los familiares, quienes buscan formas de adaptarse a esta nueva vida: quienes pueden pagar por servicios de limpieza, alimentación, enfermería y apoyo para labores cotidianas, lo pagan. Quienes no, lo sobrellevan. Y los mayores que no tienen a nadie, o tienen pero no están cerca, lo sobrellevan solos. Con todo el deterioro físico, emocional y económico que esto implica para todos los involucrados, incluido el Estado, que tiene a una parte de la población joven fuera del mercado laboral, por ocuparse del cuidado no remunerado de personas.