La paradoja del que no quiso ser policía

Escritor y periodista. Autor de la Lejanía del desierto y Asesinato de un cardenal, este último en coautoría con Jorge Carpizo. Se desempeñó como directivo en medios de comunicación impresos y de radio y televisión. Es experto en comunicación y ha desempeñado diversos cargos en la administración pública, entre ellos, la Coordinación General de Comunicación Social del Gobierno de la CDMX y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Twitter @jandradej

La paradoja del que no quiso ser policía
Foto: Archivo

Genaro García Luna nunca quiso ser policía. Lo decía, él era un integrante de la comunidad de inteligencia. Su formación fue en el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) y desde ahí tomó distancia de las pautas policiales que entonces imperaban en México. 

García Luna fue reclutado desde que estudiaba la carrera de ingeniería en la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) en los años 80. Tuvieron buen ojo los que le vieron potencial para el análisis y para soportar las presiones que implica el trabajo en un área de Seguridad Nacional. 

El Cisen era la culminación de una batalla nada menor en el Estado mexicano. El general Jorge Carrillo Olea tuvo la visión de terminar con la policía política para establecer una agencia acorde con los cambios en el mundo y con las necesidades que ello iba a implicar.

Ahí hizo carrera García Luna, en una división que se ocupó de los grupos subversivos y en particular del Ejército Popular Revolucionario. 

Escaló en la estructura y lo hizo desde los primeros peldaños, conociendo cada pieza del armado del Centro de Inteligencia, lo que le serviría en los años siguientes, los que significaron que se convirtiera, por 12 años, en uno de los referentes del combate a la criminalidad.

Lo suyo siempre fueron los números y los datos, estableciendo rutinas de análisis que antes no existían en las áreas de policías, utilizado la inteligencia como un especto central en el combate al crimen. Quería sociólogos, psicólogos, antropólogos y economistas para integrar a la Agencia Federal de Investigación de la Procuraduría General de la República (PGR). Computadora más que pistolas, sostenía. Inclusive, en 2018, publicó Seguridad y Bienestar.

Pero ahora está ante un jurado en Nueva York enfrentado acusaciones por participar en una empresa criminal, conspirar para el tráfico de cocaína y mentor a la autoridad migratoria.

Los términos del juicio están planteados: ¿es un traidor a México y a los Estados Unidos por asociarse con narcotraficantes?, o, por el contrario, ¿es víctima de una venganza porque encabezó la guerra contra los cárteles?

La fiscalía eligió, en su arranque, el testimonio de Sergio Villarreal “El Grande”, un integrante del cártel de Sinaloa y específicamente del grupo de Arturo Beltrán Leyva. 

Villarreal obtuvo beneficios por colaborar con las autoridades y así se deben valorar sus dichos. Además, lo detuvieron elementos de la Marina Armada en 2010, cuando García Luna era secretario de Seguridad Pública. 

“El Grande” no es confiable, pero ningún rufián lo es, aunque, por otro lado, son los que pueden tener idea de lo que ocurría en el narcotráfico mexicano a lo largo de la primera década de este siglo. 

El narcotraficante, en el estrado, afirmó que desde que era director de la Agencia Federal de Investigación (AFI) (2001), García Luna empezó a recibir sobornos, que eran de 1.5 millones de dólares al mes, que se entregaban en una casa en Perisur, en la Ciudad de México, y que ahí estaban también Luis Cárdenas Palomino y José Ramón Pequeño, dos de los colaboradores más cercanos del jefe policial.

Extraño que un experto en seguridad y en contrainteligencia cometiera el error de dejarse ver por criminales en acuerdos oscuros. Pero, ya se sabe, siempre hay sorpresas, las que se irán dirimiendo en una fría Sala de la Corte en Brooklyn.