Las mujeres que luchan por recuperar la vida del Río Sonora
El derrame ocurrió en agosto de 2014. Foto: PODER

Nosotras estamos enfadadas, tristes, cansadas. Cada que abrimos la llave es un recuerdo continuo, no podemos vivir tranquilas. Queremos recuperar lo que nuestros ancestros nos dejaron, fueron los Ópatas que vieron que aquí había vida y se establecieron en las cercanías del Río, con este desastre ecológico echaron a perder lo único que teníamos”. Esta es una parte de la Declaratoria de las Mujeres de los ríos Sonora y Bacánuchi, presentada en 2018.

El 6 de agosto de 2014 perdieron su río: un derrame de 40 mil metros cúbicos de solución de sulfato de cobre acidulado, derramado por la minera Buenavista del Cobre, de Grupo México, contaminó el agua que corría por los ríos Sonora y Bacánuchi. Su vida giraba, y aún gira, alrededor del cauce que nace al norte, en el municipio de Cananea, y llega hasta la capital de Hermosillo. Hace siete años, estas mujeres encontraron fuerza para luchar al ver lastimada su comunidad y sus recursos naturales.Tenemos miedo de tomar agua porque sentimos cómo nuestro cuerpo reacciona a esta agua con dolor y enfermedad“, apuntan en su declaratoria, con sensibilidad y coraje.

Aunque todavía no existe un análisis para determinar el impacto del desastre en los derechos humanos de las mujeres sonorenses, para ellas ha sido más difícil adaptarse a una vida sin agua limpia. Ver crecer a sus hijos en un ambiente tóxico por la explotación minera y sanar sus heridas y llagas causadas por los metales potencializó su participación en defensa del río. Ellas han sido clave en el proceso de recuperar la dignidad en la Cuenca del Río Sonora, el derecho al agua, a la salud y al medio ambiente. 

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Francisca García, la maestra que salvó vidas

Francisca o “Panchis”, como la conocen en el poblado de La Estancia, Aconchi, es maestra y tiene de 43 años. En el patio de su casa en La Estancia, municipio de Aconchi, donde vive con su padre, corta una granada de su árbol mientras habla del camino que ha recorrido estos siete años para exigir remediación por el derrame de metales pesados en el Río Sonora y lo difícil que fue aprender a vivir sin agua limpia. Duda de las pipas que la empresa y las autoridades les enviaron para reabastecerse de agua, mientras los pozos, con agua contaminada, estaban cerrados. “Al final nos dimos cuenta que era agua de los mismos pozos que están cerquita del río. Estuvimos batalle y batalle pero, al final, la teníamos que usar porque no teníamos ni de la llave”. Puede contar de memoria las afectaciones que provocó el derrame en los pobladores de la cuenca: pérdidas de cosecha, enfermedades de la piel, falta de recursos económicos para los ganaderos y familias que no podían comprar agua purificada. Su padre es agricultor y ella vivió en primera persona la pérdida de su tierra y sus recursos. 

No se queda quieta, no espera y actúa. Días después del derrame, Francisca decidió salir a informar a los habitantes de la cuenca sobre el estado del río para alertarlos y pedirles que no bebieran el agua contaminada. “Ninguna autoridad municipal, estatal o federal estaba haciendo esta labor de informar a la población. Yo decía que la primera acción era informar que venían estos metales pesados y lo que les pasaría si tenían contacto con ellos”, recuerda. Fue la segunda persona en organizar a su comunidad y ahora se dedica de lleno a los Comités de la Cuenca –conformado por grupos organizados de Arizpe, Banámichi, Huepac, San Felipe de Jesús, Aconchi, Baviácora y Ures– que tienen como objetivo de representar a los pobladores de la cuenca y exigir a Grupo México y al gobierno federal la remediación del desastre.

Cuestiona todo, es crítica con las autoridades y tiene muchas preguntas que ha logrado contestar por medio de solicitudes de información. La primera que hizo fue sobre el Plan de Remediación, cuando en 2015, el presidente del Fideicomiso, Rodolfo Lacy Tamayo, anunció la conclusión de las acciones para remediar el daño. “De la organización de PODER, una investigadora me dijo cómo hacer la solicitud con mi correo y a qué dependencia y qué era lo que le iba a preguntar. Recuerdo que Lacy Tamayo dijo que Grupo México ya había presentado el plan y que ya se había remediado”. Pero “Panchis” dudaba que hubieran logrado limpiar parte del río que se ubica entre Ures y Mazocahui, donde la sierra amuralla parte del cauce que corre a los pies de los cerros. La respuesta fue que no había un plan y que la zona que la empresa limpió correspondía a sus propias instalaciones, en Cananea.

Francisca García acudió como representante de los Comités de la Cuenca Río Sonora a Ginebra, Suiza, donde se celebró el foro de Naciones Unidas sobre Empresas y Derechos Humanos en 2017 para presentar el caso de la comunidad. Los siete años que han pasado no borran de su memoria la identidad cultural que formó con el río y esa es su principal motivación para defender el agua de la cuenca: “El que te hayan dañado y quitado lo que tú vivías con el río. El acercamiento que tenías, que tomabas agua de la llave y te la quitaron, y saber que los pozos están contaminados, eso es lo que me motiva”.

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Elda León, la estilista que vigila el río

Los días siguientes al derrame en el Río Sonora, Elda los describe como los más tristes para los habitantes de Banámichi, municipio donde vive y trabaja. “Se olía en el pueblo la tristeza. Podías cortar el dolor que se sentía. Lo tocabas, lo sentías en la piel. Se respiraba una cosa horrible, pensábamos que se había acabado todo”. Es estilista y conoce a todos en el municipio. “¡Si te conozco desde que eras un bebé!”, le dice a su cliente. Es alegre y juguetona en sus conversaciones, tiene ese acento del norte que alarga las palabras y sube el volumen de su voz para enfatizar sus narraciones.

Como estilista ha visto el deterioro de los pobladores por la contaminación del río. “Hubo mucha alopecia, la gente que limpió el río los primeros días venía a cortarse el cabello y yo veía las quemaduras del cuello y la cara, pregunté que por qué y me dijeron que andaba limpiando el río y que todos andaban escupiendo color negro”. Su profesión le ha permitido enterarse de muchas cosas. Los trabajadores le dijeron que cada vez que metían la pala al río, un vapor con olor fuerte salía. Dos años después, uno de sus clientes le comentó que aún salía vapor cuando los caballos pisaban la tierra acumulada del río.

Elda es miembro de los Comités de la Cuenca Río Sonora y una de las afectadas directas del derrame. Los niveles de cobre en su sangre son altos y los análisis del agua de su casa revelaron una gran cantidad de metales pesados. Ahora, siempre que algún cliente le comenta que vio el agua del río de otro color, toma las llaves de su carro y conduce hasta la orilla más cercana para asegurarse que todo marcha bien. “Como loca me quito… no, ni el mandil me quito. Me voy a ver con un miedo… Es un daño psicológico muy grande”.

A pesar del temor, se ha enfrentado a las autoridades desde el primer día, cuando le exigió al presidente municipal de Banámichi que cerrara las llaves de los pozos para que la gente no se intoxicara, y organizó una junta con pobladores y el ayuntamiento. “Banámichi fue el primer municipio en cerrar las llaves y exigimos que mandaran a traer al encargado de Protección Civil del estado. Y que le hablan… pero ellos estaban peor que nosotros, nos dijeron que no más iba a durar ocho días esto y ya vamos para siete años”. 

Para Elda, la lucha no se acabará mientras tengan que tomar agua de los pozos contaminados. Su principal exigencia es que se reconozca el trabajo de las mujeres en el Río Sonora y que Grupo México pague los daños que causó con el derrame.

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Esperanza García, la mujer que mantiene la memoria colectiva viva

Esperanza, de 70 años, recuerda su vida entre las milpas y el río. Es una mujer de campo, más que de la cocina, dice. Su amor por la naturaleza se convirtió en tristeza el día del derrame en el Río Sonora. Ya no se acerca, ni siquiera a verlo. Le entristece saber que el agua que corre mata los sembradíos, y asegura que también la está matando. “Yo era muy sana. Yo trabajaba en las milpas como un hombre, nunca sentía cansancio. Nunca pensé que me iba a cansar con cualquier cosa”.

Acostumbrada a la tierra, Esperanza sabe cómo sembrar calabaza, cacahuate, sandía, pepino, chile, papa. De niña recorrió las milpas en la zona rural de Baviácora, donde se encuentra su casa. Ahora, sentada en el sillón de su sala, describe de una manera elocuente y clara cómo es perder un río, no para lo económico, sino para el ánimo de los habitantes. Dice que ya no es la misma mujer que empacaba verdura, cortaba chiles y barría de corrido el patio. Culpa a la mina de Grupo México de perder la vida que tanto amaba. 

Se le ve fuerte y no aparenta su edad, pero al recibir un cumplido, de inmediato dice: “Ojalá estuviera yo bien. Tomo pastillas para la taquicardia, para el estómago, para las dolencias, total que ya soy pura pastilla de 2014 para acá”. Con todo y sus padecimientos, Esperanza acude siempre a las juntas de los Comités de la Cuenca Río Sonora, estuvo presente en la reunión de 2016 con el relator de Naciones Unidas, Pavel Sulyandziga, y comprendió la importancia de la participación de los pobladores en la toma de decisiones. “Nos dijo que cada vez que llegara una empresa nos pusiéramos abusados, que exigiéramos que nos tomen en cuenta y que hagamos un documento para que se comprometan a pagar los daños que pudieran ocasionar en un futuro”.

Recuerda esa reunión porque actualmente hay otras dos minas además de Buenavista del Cobre, y nunca los tomaron en cuenta para comenzar a trabajar. Lo que Esperanza desea es que no se repita lo que sucedió en 2014 y quiere mantener viva la memoria, pues no es el primer derrame de metales pesados que ha visto. “Ya nos tocó a nosotros una vez que precisamente andábamos allá en la milpa, una de las milpas que está pegada al río y salieron los trabajadores a decir que se veía rojiza el agua. Luego, luego, empezaron a sembrar calabaza y ya no se dio, se hacía puntiaguda”.

Es una luchadora, no olvida, ni pierde la fe. “Yo no pierdo la esperanza de que un día se haga justicia porque es muy triste lo que está pasando con la gente, con las siembras, con la enfermedad. Buenavista del Cobre es una mina muy rica y nos vino a fregar”.