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Salud

Hablar contigo mismo: ¿antídoto para la soledad o la señal de un verdadero problema?

Durante la pandemia, pasé de murmurar unas palabras de motivación para mí mismo a tener discusiones a toda voz. No soy el único. Le pregunté a un par de psicólogas qué propósito tiene esto.

"He tenido una pelea de gritos conmigo mismo casi todos los días desde que llegó Covid" (planteado por la modelo). Compuesto: Getty

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“Creo que ya deberíamos salir”, le digo a Danny mientras estoy sentado frente a la TV. “Sí, deberíamos, pero me vale”, responde Danny, sentado exactamente igual que yo. “Vamos, necesitamos el ejercicio; no podemos sentarnos todo el día”, insisto. “Bueno, sí podemos, porque eso hicimos ayer y antier”, contesta. “¡Exacto! Por eso tenemos que salir. ¡Vamos!”, le grito. “¡Por Dios! ¡Está bien!”, grita de regreso.

Entonces nos levantamos de nuestra fosa y salimos hacia el fresco aire de la mañana buscando nuestra dosis urgente de oxígeno y ejercicio. El asunto es que no hay un nosotros. Sólo estoy yo. He tenido peleas de gritos prácticamente todos los días desde que llegó el Covid a cambiar todo.

Al inicio de 2020, me embarqué en una aventura de varios meses para encontrar conversaciones significativas con extraños. La ansiedad social, la introversión y la pereza me atraparon en una burbuja depresiva de soledad y exclusión autoimpuesta; me preguntaba si las conversaciones aleatorias con otras personas podrían romper esa burbuja y abrir un nuevo mundo de descubrimiento social. Así fue. Tras superar mi timidez inicial, abrí la boca y comencé a hablar. A finales de mes, me hablaba de tú con la señora de la tienda con quien había evitado el contacto visual por más de un año; la peluquería dejó de ser el lugar donde simplemente me veía en el espejo en silencio; e incluso me aprendí los nombres de algunos de mis vecinos.

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Después me desalojaron de mi departamento en el este de Londres. Mi casero, quien había metido a 13 personas en una sola casa tamaño familiar, perdió su licencia de Houses in Multiple Occupation, y todos tuvimos que buscar nuevas residencias. Me mudé a otra parte de Londres, con personas distintas, y tuve que iniciar un nuevo proceso de socialización.

Entonces llegó la pandemia. Estaba aislado y solo, yo era mi única compañía. Siempre he hablado conmigo mismo, usualmente con pocas palabras de motivación al despertar, o cuando intento navegar por una etapa de neblina mental densa, pero durante el confinamiento yo era la única persona con quien podía hablar todos los días. El problema con esto es que ya sé todo sobre mí; me aburrí rápido, entonces comencé a discutir. Y perdí en todas las ocasiones.

¿Necesito ayuda? No particularmente, dice Paloma Mari-Beffa, una catedrática de psicología en la Universidad de Bangor. Ella dice que la mayoría de las personas habla consigo misma, en silencio, todo el tiempo, “y con ‘todo el tiempo’ me refiero también a cuando duermes”, dice. Pensándolo bien, cuando le presto atención a mis pensamientos me doy cuenta de que puedo reclamar la autoría de cualquiera de ellos. Las palabras, sonidos e imágenes simplemente aparecen de la nada, y se disuelven en la nada como una estrella fugaz; están ahí y luego se van.

“El cerebro siempre está activo”, dice Mari-Beffa. “Siempre genera imágenes o palabras”. Si siempre conversamos con nosotros mismos, ¿por qué no hablamos en voz alta? La respuesta, según Mari-Beffa, depende de los dos lados del cerebro: uno es caótico y espontáneo y el otro es ordenado y controlador. “Cuando hablas en voz alta, no es espontáneo, lo organizas, lo controlas y le das forma. Cuando las personas están bajo mucho estrés, o cuando sufren de enfermedades mentales, ambas redes pueden activarse al mismo tiempo”. Este fenómeno podría explicar condiciones como el síndrome de Tourette y la esquizofrenia, donde la mente caótica subconsciente aplasta al lado ordenado.

La conversación controlada con uno mismo, no obstante, puede tener beneficios enormes. En 2012, Mari-Beffa llevó a cabo un experimento que le pidió a 28 participantes que leyeran una serie de instrucciones en voz alta o en silencio. El grupo que leyó en voz alta mostró niveles más altos de concentración y desempeño en las tareas asignadas. Otro estudio, de la University of Michigan, encontró que la autoconversación puede mejorar la autoestima, la confianza, y puede ayudar a superar desafíos complicados. La investigación, publicada en 2014, dijo que aquellos que se referían a sí mismos con pronombres de segunda y tercera persona manejaron sus pensamientos mejor que quienes lo hicieron en primera persona.

Me siento un poco mejor sobre mí mismo, pero el tipo de autoconversación que señala este estudio (ayudar a las personas para concentrarse en tareas, por ejemplo) se parece a las palabras inofensivas de motivación que me solía decir a mí mismo antes de la pandemia, no al tipo de discusiones que tengo ahora.

Chris Gilham (este no es su verdadero nombre), un estudiante de informática de 23 años de Washington DC, comenzó a hablar consigo mismo en voz alta cuando azotó la pandemia. Antes del confinamiento, solía convivir con sus amigos de la universidad en cafeterías; ahora pasa la mayor parte del tiempo él solo. Dice que los cubrebocas le han ayudado: cuando va a la tienda, puede hablar consigo mismo en voz baja y nadie ve el movimiento de sus labios. Gilham sufre de ansiedad y dice que la autoconversación le ayuda a frenar su “constante tren del pensamiento … ayuda a procesar las cosas”. “Si estoy leyendo algo, repetirlo en voz alta ayuda mucho”. Aún así, Gilham no tiene peleas a gritos enteras consigo mismo frente como yo.

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“¿Tienes una pareja que pueda fungir como el lado opuesto cuando discutes?” Pregunta la psicóloga clínica Dra Carla Manly por teléfono desde su oficina en California.

“No, vivo sólo”, respondo.

“Esa es la razón”, dice. “Porque todos queremos tener, inherentemente, si somos sabios, alguien con quien discutir”. Le digo que he pasado la mayor parte del confinamiento escribiendo un libro, y dice que probablemente hablo conmigo mismo porque extraño tener un punto de vista alternativo, alguien que contradiga las ideas que tengo, especialmente al escribir.

Vemos a los niños en casa “hablando con un carrito de juguete o con una Barbie y decimos que así es como juegan”, dice. “Pero se supone que de algún modo perdemos eso como adultos. No creo que sea necesario”. Explica que la autoconversación puede ser un problema si la haces tanto que termina por molestar a alguien con quien vives, pero de otro modo realmente depende de lo que digas. “Realmente se trata de: ¿es apropiado para la situación? ¿Afecta a alguna de tus relaciones, ya sea en casa, el trabajo u otro lugar? ¿Está bajo tu control? ¿Lo que dices tiene sentido?”

Manly intercambia algunas palabras consigo misma de vez en cuando, pero sí conversa con su perro. “Alguien externo podría decir: ‘¿Realmente cree que el perro la entiende? Está loca’. No lo estoy, yo sé lo que hago”.

Entonces, estoy más cuerdo de lo que pensaba, simplemente necesito un amigo para discutir. Tal vez Monty Python tenía razón cuando crearon la clínica de discusiones, para que los usuarios pagaran para discutir con alguien. “No, no es cierto”, dice Danny. “Claro que sí”, le respondo. “No tiene sentido”, dice Danny. Creo que simplemente me gusta el sonido de mi voz. “Bueno, en eso sí que estamos de acuerdo”, concluye Danny.

The Guardian
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