El eviterno idilio con las palabras
Friso corrido

Promotora cultural, docente, investigadora y escritora. Es licenciada en Historia del Arte y maestra en Estudios Humanísticos y Literatura Latinoamericana. Ha colaborado para distintos medios y dirige las actividades culturales de La Chula Foro Móvil, Mantarraya Ediciones y Hostería La Bota.

El eviterno idilio con las palabras
Foto: Poetry Foundation

Dedicado a Pura López Colomé y leído en el homenaje a la autora que tuvo lugar en el Palacio de Bellas Artes, el 8 de noviembre de 2022.

No sé si sabré.

No sé si llegará el día de interpretar la transparencia. 

Cuándo (o si) atravesé la puerta falsa,

al escuchar o leer por primera vez

eso que por y en la boca fue

al pensar, al recordar,

al saber de memoria:

la carne una, la sangre otra

que circula invisible

en vocablo cristalino,

replicándose, repitiéndose:

se desprende júbilo,

se desploma tormento.

Pura López Colomé

La palabra blanco y el pelaje níveo, la palabra agonía y el ave sangrando espeso, la palabra astromelia y los encendidos pétalos aterciopelados. O quizá las grandes avenidas citadinas con voces latinas aún indescifrables, las sábanas blancas esperando la muerte dentro del ropero, las albercas y sus ausencias sutilmente advertidas en el eco de las ondas. En cualquiera de esos pliegues, esquinas, reflejos o imágenes de múltiple procedencia, aguardaban las palabras, acechando la mirada tierna, dispuestas a la cetrería de su alma: entonces Pura quedó cautivada, desde muy niña, por esas palabras y, de por vida, ligada fielmente al lenguaje que honra, ama, crea y recrea tanto desde la poesía, como en el ensayo y la traducción. Así me gusta imaginar el inicio de tu idilio con el lenguaje, al menos como un juego para componer el preludio de la epopeya que es tu voz. En alguna entrevista te escuché decir: “En la poesía en primer lugar está el edificio de palabras que logra hacer un poema con una música propia que lo distinga y que distinga a la lengua. Tiene que haber una cadena lingüística con cierto poder.” ¿Cuántos centenares de edificios – palaciegos, sagrados, fúnebres, guarecedores, míticos, celebratorios— con cadenas lingüísticas de altísimo voltaje habrás levantado con tu poesía, Pura? Tantos y tantos en los que nos hemos quedado a habitar y cohabitar cada uno de tus lectores, a veces en una recámara predilecta durante varios días; otras veces dueños y señores de sendos aposentos para, al cabo de varios poemas, de cada libro, del afortunado trayecto de tu nutrido acervo poético, reparar en un hecho maravilloso, casi mágico: que lo que tú has construido a lo largo de estos años, es un sólo gran edificio habitado por todos a tu lado, uno de los más grandes de todos los tiempos en nuestra lengua. 

Ahora bien, ya en esos menesteres arquitectónicos creo, quizá coincidan conmigo, que el edificio de Pura López Colomé sería blanco, no de yesería, mampostería o artesonado, sino absolutamente sólido y verdadero (sin alfeñiques ni trampantojos). Tampoco sería de marfil porque la nuestra es una poeta naturalista, vitalista, con bastante de científica debajo de tanta poesía. Más bien sería una construcción marmórea, cristalina al grado de refulgir de forma traslúcida, con profusa decoración fitomorfa, sí (porque no estamos ante una iconoclasta sino frente a una mujer amante de cada detalle, acepción y nivel de las palabras, empleadas siempre con elegancia y prestancia) pero, sobre todo, poblado de árboles frutales: nísperos, limoneros, aguacates, cafetos, higueras, mangos y guayabos como en tu Letanía en el Huerto, todos mecidos por una ventolera y arrullados por orquestas de cigarras. Las columnas y entablamentos de estriado fino cobrarían vida con trepadoras floridas, acaso madreselvas, pasionarias o jazmines. Al centro, ojos de agua amanecidos y lagos nocturnos. En los muros, anatemas interrumpidos por balcones con palmetas y frondosas bóvedas con una linterna abierta al cielo para, desde ahí, contemplar la gloria de la poesía universal completa. Habría, quizá, una estrella para cada una de tus figuras tutelares: Beckett, Doolittle, Addison, Heaney, O’Hara, Williams, T.S. Elliot, Snyder, Creeley, Hill y, seguramente la más brillante, una enana blanca en su máximo destello estelar, pertenecería a Dickinson, tu Dickinson. El cielo no dejaría de poblarse porque tu hambre por la literatura es insaciable, tanto como lo fue cuando niña que te prendaste de las palabras o en tu juventud beat. Mira que eres una gran constructora, Pura, de las mejores en esto de hacer edificios de palabras, que son ideas, de ideas que son esencias: la gran poesía donde cabemos, crecemos, nos creamos y recreamos todos quienes te leemos. 

Las palabras en la obra de Pura López Colomé no son reflejos iridiscentes, sino nítidas imágenes, reveladas por la claridad desmesurada de una luz prístina, dispuestas, más que meticulosa, amorosa y audazmente; minúsculas teselas que componen entidades poéticas nacidas en franca libertad. Cada figura retórica es atajada y colocada por tu mente, cual dedicada entomóloga, determinada a entenderlo todo en tanto vivo, para  armar aquel ser viviente-poema, con tropos de dicción y pensamiento articulados sutilmente, organizados y entreverados con un preciosismo tal, que el resultado es una obra que alcanza el culmen de la literatura y, por ende, del arte, cualquiera que sea su leguaje, vehículo o medio: la conmoción de los individuos, escuchas o lectores, deviene, entonces, en una herida imborrable. Esa lesión sensorial y, en consecuencia, esencial en la existencia, no puede dar lugar más que a la transformación del alma, de todas las almas de quienes estamos hoy aquí reunidos, signados por tu obra, las de tus millares de lectores que, a partir de ti y tu creación, vemos el mundo, estamos en el mundo, nos relacionamos con el mundo de una manera absolutamente distinta. 

Esta noche y todas te agradezco, Pura, por la exhalación que emana de ti. Por el aliento que emerge de tu ser, por el soplo esparcido con tu pensamiento, por el hálito que porta tu alma hacia el mundo sensible de las ideas: es decir, por todo eso que es tu poesía, luz vaporosa que se encarna en la palabra escrita o, para fortuna de quienes habitamos este mundo en el mismo tiempo que tú, al escucharla de tu propia voz. Es tu cuerpo una cápsula, ser que acoge todo el reino vegetal que tanto clamas, al organismo humano tan poroso, tendiente al patetismo y a la descomposición, a la mente de una poeta, pero también una bióloga que anhela percibir, descubrir y describir cada palmo de vida y muerte posible en esta existencia. Así, tus sílabas son magma terreno, líquido amniótico extraído, estudiado y desglosado por ti en la amniosentesis de la operación poética donde confluyen reflexión, imaginación y edificación. Tus lectores recibimos, sobre todo con tu acervo poético y ensayístico, un calostro primigenio que, no cabe duda, habrá de nutrir a la literatura en lengua española con una fuente de altísimo e inagotable conocimiento. Tú, lumen, lumbre, fuente de luz que, como en Acaso Borneo ilumina al nombrar, enciende el mundo del pensamiento con la palabra, tiro parabólico que invariablemente cae en el centro de la diana. Nunca antes hubo luz semejante, no una así, amén de que pertenezca la tuya a la genealogía de los más grandes: nunca con esa curiosidad, con esa diafanidad y transparencia. Poesía eólica, solar, hídrica. Tu poesía tan tú misma como un paisaje pintado con la palabra “horizonte”, despojada de todo límite geográfico, ideológico o temporal. 

Me acercaré al cierre de estas líneas aludiendo a tu faceta como exploradora, artista viajera a la usanza humboldtiana decimonónica, colectando especímenes de memorias selectas o creándolos para luego recopilarlos, con un deleite, casi engolosinamiento, por los detalles de las palabras seleccionadas, para trasladar esas colecciones y remembranzas a gabinetes labrados en ébano. Has explorado, así, todas las acepciones, sonoridades y musicalidades del lenguaje, en un meticuloso trabajo semántico donde cada capa de significado es como una veladura aplicada por ti y desvelada por la hermenéutica lectora. De ahí los juegos silábicos, monosilábicos, polisilábicos, donde primero desgranas y luego levantas el mundo, donde todo acaba por ser una misma cosa: jardín circular donde reverberan los fonemas y su música, por donde circula el viento de gramemas que orea el pensamiento, donde circunvolucionan los ejercicios sintácticos, evolucionan las sinonimias, corren venas e ideas y se oxigena la vida de palabras que has construido y sembrado sin dejar de ver, estudiar, ampliar, reposar: hermosear. 

Celebro no sólo tu obra, Pura López Colomé, sino tu vida: que tú seas tú. Que no hayas sido entomóloga, botánica, naturalista, geógrafa o anatomista como bien pudiste serlo, sino que hayas sido todo eso siendo desmesura, siendo poesía pura. Dialogante, sí con tu lector a quien valoras y aprecias tanto como para obsequiarle la savia de tu entendimiento pero, sobre todo, dialogante con la Poesía en mayúsculas, como historia de la verdad trascendental transformada —más precisamente transubstanciada— en palabras en todas las lenguas y, por lo tanto, historia de las lenguas mismas, historia de la manera en que el ser humano se ha pensado a sí mismo sin afeites, tapujos o falsedades. Cierro tomando prestadas tus propias palabras en Lieder: “Primero muerta que dejarte. Primero muerta que dejarte de escuchar.” Primero muerta que prescindir de la dádiva de tu atemporal Poesía, Pura López Colomé.

 

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