Cómo convertí 15 mil dólares en 1.2 millones durante la pandemia, y después perdí todo
'Había ganado una cantidad extraordinaria de dinero, pero mi mente estaba consumida por el medio millón que había perdido por no vender'. Ilustración: Avalon Nuovo/The Guardian

Retuve la noticia durante todo el trayecto de salida de la terminal hasta la mitad del estacionamiento del aeropuerto, que fue todo lo que pude aguantar. Era el tipo de anuncio que era demasiado voluminoso para el interior de un automóvil, así que se lo solté a mis padres al aire libre, entre balbuceos y risas.

“Así que, mmm, convertí 15 mil dólares en 1.2 millones de dólares el año pasado”.

Ambos se detuvieron y me miraron, en silencio.

“¿Estás drogado?”, preguntó finalmente mi madre, con la ansiedad reflejada en su rostro. Mi padre no dijo nada. Disipé su acusación abriendo mi cuenta de inversiones en mi iPhone y volteando la pantalla hacia ella para mostrarle el saldo.

“Dios mío, ¿eres una de esas… personas de GameStop?”, dijo, refiriéndose al breve y espectacular aumento del precio de las acciones del minorista de videojuegos después de que los inversionistas aficionados se reunieran para apoyarlo a principios de 2021.

Mi padre permaneció en silencio, de una manera que se sintió más acusadora y más difícil de confrontar, como si yo hubiera alterado repentinamente su concepción del mundo. Mis padres hicieron votos de pobreza el uno al otro como parte de sus votos matrimoniales; la filosofía que los guiaba era “vivir con sencillez para que otros puedan vivir con sencillez”. No poseían ninguna propiedad debido a su decisión de “oponerse a los impuestos de guerra”, y ambos dedicaron conscientemente sus carreras como abogada de asistencia jurídica y ministro presbiteriano a un trabajo de justicia social poco remunerado, en detrimento de sus posesiones materiales y de sus cuantiosas cuentas de jubilación.

Pero si su preocupación era que no sabía cómo relacionarse con un hijo que ahora era rico, entonces no tenía por qué saberlo. De todos modos, no por el dinero, porque en cuatro semanas, la mayor parte había desaparecido. En el lapso de un año, los números llegaron, se movieron y desaparecieron.

Lo que requirió más tiempo fue dejar de ser el imbécil en el que casi me convirtieron.

Los millennials, nacidos entre 1981 y 1996, han pasado toda su vida adulta en una paradoja financiera. A pesar de las crisis en serie, ahora mismo es el momento materialmente más cómodo de la historia de la humanidad. El cambio climático amenaza con hacer que todo esto sea discutible, pero en lo que respecta exclusivamente a la calidad de vida, disfrutamos colectivamente de mejores resultados en materia de salud, vidas más largas, más educación, más libertades individuales y más movilidad geográfica que cualquier otra persona antes de nosotros.

Aunque existe una desigualdad evidente, no se limita a describir la experiencia del mundo rico: el porcentaje de personas que viven en la pobreza extrema ha disminuido a medida que los países en desarrollo han convergido con sus vecinos ricos. Para la persona promedio en el mundo, nunca ha habido una época anterior en la que haya sido mejor estar vivo.

Y sin embargo, en relación con nuestros padres de la generación boomer, la realidad financiera y el futuro de los millennials es objetivamente más precario y menos optimista. La generación más educada y diversa de Estados Unidos también tiene la mayor proporción de deuda sobre ingresos y ha ganado en promedio un 20% menos de lo que ganaban los boomers a la misma edad. Al mismo tiempo, el costo de la vivienda ha superado con creces tanto la inflación como los ingresos. Casi la mitad de los millennials y miembros de la generación Z afirman que viven al día y les preocupa poder cubrir sus gastos, y al 30% de los millennials les preocupa no poder jubilarse nunca.

Cuando Robinhood lanzó su aplicación de negociación de acciones y opciones gamificada en 2015, y ascendió a la popularidad en los años siguientes, se dirigió a este grupo: una generación financieramente debilitada, con suficiente dinero disponible para las tostadas de aguacate pero no para las hipotecas. De sus 21 millones de usuarios, la edad promedio es de 31 años, y la mitad son inversionistas primerizos. Y en marzo de 2020, el mundo financiero amenazaba con derrumbarse sobre ellos por segunda vez en una década. Si alguna vez hubo un momento para aplicar la ideología YOLO, ¿no sería este?

En el mercado de valores, se necesita dinero para ganar dinero. Entonces, ¿qué se hace cuando no se tiene mucho para empezar? Se invierte lo poco que se tiene en operaciones excesivamente apalancadas, rara vez brillantes y a veces absurdas, que oscilan entre el juego y las inversiones.

Llámalo el capitalismo de la desesperación millennial de r/wallstreetbets, donde terminé en febrero de 2020, justo antes de que el Covid-19 hiciera colapsar el mundo.

Mientras un país tras otro se aferraba ingenuamente a la idea de que las fronteras significaban algo para un virus, mi primer paso fue pedir un préstamo. Puede que mis padres, de clase media y orientados a la justicia social, hayan evitado la riqueza material, pero me dieron un privilegio importante: contribuciones específicas a un plan de ahorro para la universidad durante toda mi infancia, lo que significó que terminé tanto la licenciatura en Estados Unidos como el posgrado en Londres y París, ciudad en la que todavía vivo, completamente libre de deudas.

Esto significó que mi préstamo pandémico –de 12 mil 500 euros, o aproximadamente 15 mil dólares en ese momento– fue mi primera experiencia con la deuda.

Me acordé de la crisis financiera de 2008-2009, y pensé en la creciente ola de absoluto desconocimiento que estaba a punto de llegar a su cresta y arrastrarnos a todos en su oleaje. El dinero solo podía representar una boya en el océano, un chaleco inflable, una arena blanda en la cual tropezar.

Decidí apostar por los cruceros; al fin y al cabo, ¿qué podría estar más expuesto a los cierres de viajes y al temor a un virus global? Ganar dinero en la caída parecía moralmente discutible, pero, por otra parte, ganar dinero en el hundimiento de la industria de los cruceros –nociva para el medio ambiente, explotadora de la mano de obra, evasora de impuestos y, en general, de mal gusto– parecía restablecer el balance moral a la neutralidad. Así que tomé el préstamo recién adquirido, que aproximadamente duplicó el tamaño de mis escasos ahorros de toda la vida, y empecé a comprar “puts” –es decir, a comprar la opción de comprar o vender acciones de una acción a un precio predeterminado– en líneas de cruceros.

Durante el confinamiento, el foro de Reddit WallStreetBets se convirtió en mi diario de finanzas personales, catarsis y fuente de entretenimiento. Era un festival digital de memes, chistes, escandalosas jugadas de “todo dentro”, impresionante “porno de ganancias”, aterrador “porno de pérdidas”, promesas de renunciar a los trabajos y hacérsela pagar al jefe si las cosas salían bien, y sí, incluso una canción náutica reformulada, ajustada a la jerga específica del foro. Al igual que cualquier subcultura, contaba con su propia lingüística (parte de ella, sí, sexista y homofóbica, aunque se escudara en la ironía), mitología y puntos de referencia. “Este es el camino”, publicaba alguien en señal de aprobación de una idea evidentemente buena, o escandalosamente irresponsable, dando lugar a una serie encadenada de

Este es el camino

Este es el camino

Este es el camino

Este es el camino

Este es el camino

de otros publicadores.

Señor, esto es un Wendy’s, alguien más podría escribir cuando una idea para una operación era demasiado mundana o demasiado convencional. Al diablo, le entro, exudaba el sentimiento de desesperación del capitalismo que reinaba en el foro; los “tendies” eran ganancias (refiriéndose tanto a los tenders de pollo como a los billetes de 10 dólares, testimonio del hecho de que muchos integrantes del foro jugaban con fondos muy pequeños); literalmente, no pueden salir mal, era la respuesta cargada de sarcasmo a las ideas que a priori eran bastante estúpidas, pero que contenían un gran potencial.
Entre los ahora millones de miembros –en su mayoría hombres, con estudios y de entre 18 y 35 años, según Jaime Rogozinski, fundador de WallStreetBets en 2012–, algunos se han convertido en leyendas por derecho propio: en 2019 el usuario u/ControlTheNarrative descubrió un fallo en la funcionalidad de préstamos de margen de Robinhood apodado “código de trampa de dinero infinito” que según u/MoonYachts más tarde utilizó para apalancar 4 mil dólares en un millón de dólares en acciones y posiciones de opciones; u/TheEmperorOfJenks confundió a todo el mundo sobre si hablaba en serio, o si simplemente estaba engañando, cuando detalló su intención de comprar “futuros de calabazas ornamentales” (tl; dr supuestamente lo perdió todo y un poco más); y, por supuesto, el más infame de todos, u/DeepFuckingValue, que hizo arder el mercado cuando señaló que las acciones de GameStop estaban tan sobredimensionadas que darían lugar a la madre de todos los short squeezes.

Entre los memes y los nodos de la cultura de internet, existía una ilusión de control. La situación global era abrumadora, y es posible que el mercado estuviera lleno de movimientos cotidianos en los que yo no podía influir, pero había tomado mi dinero con ambas manos y estaba tomando decisiones con él. Decisiones que tenían resultados claros e inmediatos, como el impacto del Covid-19 en París.

En primavera, la ciudad comenzó a abrirse por etapas. El beso, a veces seductor, a veces incómodo, había desaparecido, junto con los turistas. París había perdido una intimidad, pero había ganado otra: en el repentino vacío de una de las ciudades más visitadas del mundo, la gente parecía sonreír más, platicar más y el francés con acento americano tenía menos importancia. Estabas allí, te habían confinado también, no había necesidad de demostrar que no eras un visitante en el tumulto de millones, simplemente pertenecías.

El sector de los cruceros estaba devastado; mi cartera se regocijaba.

El saldo a finales de mayo de 2020: 101 mil 75.61 dólares

Durante el verano, mi cartera se estancó. Me había perdido el repunte y estaba lleno de incertidumbre sobre si continuaría o se revertiría. La incertidumbre significaba miedo, y el miedo significaba que yo me paralizaba.

Lo que me hizo regresar al comercio fue una gran dosis de celos. El ex de una buena amiga tenía opciones de acciones de su antigua empresa emergente y un atípico departamento parisino con ventanas del piso al techo y una terraza en la azotea. Hacía fiestas gigantescas y extravagantes a las que seguía invitando a todos los amigos más cercanos de mi amiga después de su ruptura, aunque ella claramente no era bienvenida.

El 4 de julio, me paré en su terraza, donde estaban asando un cerdo en un asador, y tuve la reacción más estadounidense ante los celos que estaba experimentando. ¿Por qué no debería tener yo lo mismo que él? Y el camino a seguir parecía claro: volver a la negociación de opciones, solo que esta vez con opciones de compra. Más grandes, mejores y más audaces incluso que los puts en los cruceros. Unas semanas después, canalicé la voz interior de los millones de “degenerados” de Reddit. Esto, literalmente, no puede salir mal. Tomé mi teléfono, abrí mi cuenta de correduría e invertí un tercio de mi capital neto en algo por lo que podía sentirme intensamente bien: opciones de compra de acciones de energía alternativa.

A partir de un determinado nivel de ingresos, el rendimiento de la felicidad disminuye por cada dólar extra (se calcula que el punto de cambio es de 75 mil dólares en Estados Unidos). Pero hasta que se llega a esa cifra, el dinero puede aumentar la felicidad al eliminar la ansiedad financiera, facilitar el acceso a la salud y el ocio y ofrecer un mayor control sobre cómo pasamos nuestro tiempo.

En retrospectiva, durante los primeros meses del otoño de 2020, me encontraba navegando felizmente en este punto de equilibrio. Debería haber sido feliz: acababa de celebrar mi cumpleaños número 30 a orillas del Sena; tenía suficientes ahorros para sentirme económicamente seguro como escritor relativamente desconocido y tenía tiempo libre para trabajar en una novela recién empezada; acababa de descubrir el ciclismo y el buceo; tenía una capital global de conciertos, actuaciones, exposiciones y restaurantes a los cuales ir, las costas del Mediterráneo y del Atlántico estaban a solo tres horas en tren y, lo que era más importante, tenía amigos cercanos con quienes ir a todo eso.

Ese otoño comenzaba a salir con una persona a la que le gustaba el cine, se tomaba en serio lo de cultivar las partes creativas de su alma y hacía malabares con palos de fuego. Resultó ser también la hija de un multimillonario de fondos de cobertura (“dependiendo de la moneda”, bromeó una vez), pero parecía preferir de verdad pasar las noches de confinamiento 2.0 por Covid-19 en mi estrecho y sencillo departamento –40 metros cuadrados– que compartía con un compañero de vivienda.

“Mira esta ganancia del 1,000%”, le dije cuando las acciones de energía alternativa empezaron a dispararse justo en la época de las elecciones presidenciales en Estados Unidos. “Dile a tu padre que puede llamarme para que le dé ideas”, presumí, aunque en mi interior me preguntaba medio en broma si la pura proximidad física a la riqueza estaba produciendo algún tipo de ósmosis financiera. Ella se encogió de hombros, sin dejarse impresionar, y prefirió redirigir nuestra conversación a Neverwhere, de Neil Gaiman.

En diciembre, mi cartera, antes escasa, tenía un valor de 250 mil dólares y me había diversificado en todo tipo de inversiones especulativas y de riesgo, apostando por la estimulante combinación de apalancamiento y riesgo. Deberías vender, me dijo un amigo de la universidad que también se había aventurado en el mercado. Pero yo me sentía competitivo e infalible. Te reto a llegar al millón”, le respondí. Después de alcanzar esta meta, me dije, diversificaría y compraría acciones de empresas estables y legítimas.

Me acosté en la noche con los ojos punzando por la luz azul de actualizar sin cesar mi cuenta de inversión, o de desplazarme por los nuevos hilos de Reddit, o de leer análisis sobre cualquier cantidad de las dos docenas de acciones y opciones en las que ahora tenía posiciones, y me desperté pensando en lo mismo.

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‘Me acosté en la noche con los ojos punzando por la luz azul de actualizar sin cesar mi cuenta de inversión’. Ilustración: Avalon Nuovo/The Guardian

Pero hacía meses que no avanzaba en la novela que estaba escribiendo, y mis amigos empezaban a notar un cambio en mi forma de hablar y en las cosas que ocupaban mi vida. “Parece que tu estado de ánimo depende mucho de lo que haga el mercado cada día”, me dijo un amigo. “Odio tener que decírtelo, pero sí, te escuchas como uno de esos hombres de finanzas”, me dijo otro.

Además de eso, estaba medio presente con mi novia, más centrado en querer aquello de donde ella provenía –el dinero– que en aprender sobre su vida interior. Como era de esperar, la relación terminó antes del año.

Pasé un día en la cama, repitiendo varios momentos en los que pude haber dicho o hecho algo diferente, escribí un poema impublicable sobre la ruptura y después retomé la negociación de opciones. Solo quiero multiplicar por 10 el año, le envié un mensaje a un amigo de la infancia.

Unos días después de Navidad, lo hice. Y una vez que mi cartera superó los 300 mil dólares, comencé a experimentar de primera mano la emocionante realidad de cómo el dinero engendra dinero.

El saldo a finales de diciembre de 2020: 297 mil 84.70 dólares

A principios de enero ya tenía poco más de 500 mil dólares, una suma antes inconcebible, pero que a esas alturas me parecían simples números en una pantalla, puntos para anotar en el videojuego más emocionante que jamás había jugado.

Deberías volver a echar un vistazo a GameStop”, me dijo mi amigo. En octubre había desechado la idea, prefiriendo el “valor seguro” de las energías alternativas, pero el dinero había dejado de significar tanto y tenía dinero extra para gastar. Me encanta una buena operación a corto plazo, al diablo, le entro, le respondí. Fui a mi cuenta de inversiones y solté 30 mil dólares en opciones, el equivalente a todos mis ingresos del año anterior.

Lo que había empezado como una inversión se había convertido en poco más que un simple juego por cosas que fundamentalmente me importaban poco. Pero GameStop subió, así que invertí 20 mil dólares más en la filosofía “YOLO”.

Al día siguiente, comenzó el verdadero short squeeze: GameStop alcanzó brevemente los 70 dólares, y después volvió a caer hasta los 40 dólares. ¿Era ese el squeeze? nos preguntamos mi amigo de la infancia y yo. ¿Habíamos perdido el punto de venta? Durante el fin de semana, vi la trilogía de El Señor de los Anillos y busqué inmuebles caros. Mi cartera rondaba los 900 mil dólares. Estaba listo para el espectáculo.

Cuando comenzó el verdadero squeeze, mi cartera abrió a un valor de 1.2 millones de dólares, y comenzó a subir más rápido de lo que nunca había experimentado. En una hora pasó a 1.3 millones de dólares, después a 1.5 millones de dólares y luego a 1.6 millones de dólares. Pensé en vender, pero no lo hice. Estaba en un estado de euforia total.

Esa misma tarde, el valor de mi cartera había bajado a 1.1 millones de dólares. Había ganado una cantidad extraordinaria de dinero, pero mi mente estaba consumida por el medio millón que había perdido por no haber vendido. Idiota, me dije, esperaste demasiado, deberías haber vendido. Vendí las opciones.

Dos días después, GameStop volvió a subir, casi alcanzando los 400 dólares por acción, y en lugar de alegrarme, hice cálculos mentales sobre lo que había perdido por vender con demasiada antelación. 2.5 millones de dólares, dijo mi mente. Imbécil, vendiste demasiado pronto, por qué eres tan estúpido, te perdiste 2.5 millones de dólares.

Empezaba a experimentar lo que Alexander Blaszczynski, profesor de psicología de la Universidad de Sídney y especialista en el tratamiento de la adicción a los juegos, denomina un cambio en el “esquema cognitivo”.

“Con las victorias repetidas… los esquemas cognitivos adquieren la noción de que uno tiene habilidades personales para tomar las decisiones correctas, y que las victorias continuarán en la misma trayectoria (lineal ascendente)”, me explicó Blaszczynski.

Ahora era rico, con seguridad financiera por lo menos para varias décadas, y si hubiera invertido sabiamente y cuidadosamente en activos seguros, que produjeran dividendos, con los que pudiera pedir un préstamo para comprar un lugar para vivir, muy probablemente podría haber financiado un estilo de vida modesto de clase media por tiempo indefinido. Podría haber sido una beca de escritura perpetua para mí mismo.

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‘Dejé de buscar departamentos de un cuarto en el centro de París y empecé a buscar lofts de 1.5 millones de euros’. Ilustración: Avalon Nuovo/The Guardian

En lugar de eso, me volví más frenético de lo que había sido cuando tenía mucho menos dinero.

Dejé de buscar departamentos de un solo cuarto de 50 metros cuadrados en el centro de París y comencé a buscar lofts de 1.5 millones de euros con terrazas en la azotea, o a buscar en las listas de Sotheby’s en la Polinesia Francesa, babeando por una pequeña isla privada que podría comprar por 890 mil dólares, es decir, realmente podría comprarla.

No era difícil justificarlo. Después de todo, mis compañeros de Amherst crecieron yendo a casas de vacaciones e internados, y estaban destinados a heredar grandes transferencias de propiedades o riqueza de inversión. Yo no lo haría; en cambio, sentía que se avecinaba la inminente carga de las cuentas de jubilación sin fondos de mis padres.

Mis planes eran bastante sencillos: Compraría una pequeña casa para que mis padres se jubilaran, en algún lugar de la costa de Portugal o España, y la donaría a la ONG con la que había estado trabajando en el sur de Chad. Depositaría 100 mil dólares en una cuenta y enviaría tarjetas de débito a mis cinco amigos más cercanos para que las utilizaran para actos de bondad aleatorios, o para emergencias, sin necesidad de hacer preguntas.

Quería un departamento con suficiente espacio para fomentar el tipo de comunidad de la que quería rodearme, una reunión mensual con artistas, escritores, músicos y otros tipos de pensadores extravagantes para compartir lo que estábamos haciendo y animarnos mutuamente. Y quería tener una cantidad de dinero suficiente para vivir, lo suficiente para ganar tiempo para terminar la novela a medio empezar, para lanzar palabras al mundo que pudieran hacer que alguien, en algún lugar, sintiera un escalofrío a lo largo de su columna vertebral.

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Una captura de pantalla de la cuenta de correduría de Alex Hurst. Foto: Alex Hurst

Y a pesar de todo eso, 1.2 millones de dólares seguían sin ser suficientes. No, pensé, necesitaba 2.5 millones de dólares, y no quería esperar. Ni 18 meses, ni un año. Ese próximo verano, me juré a mí mismo, sería yo el que organizaría una barbacoa en la terraza de la azotea. Era la hora tendie, la hora de relajarse, la hora del Lambo. Literalmente no podía salir mal. 🚀🌙🤑.

La avaricia, como se dice, es una droga infernal, o quizás solo una enfermedad. Es una quimera, un destructor de sueños. La idea de lo suficiente se reajusta constantemente para adaptarse a lo que sea que se posea en ese momento, perdurando eternamente en el horizonte.

El saldo al 31 de enero de 2021: un millón 223 mil 473.49 dólares.

En su poema El Palacio, Kaveh Akbar escribe

Ser estadounidense es ser un erudito de la oportunidad.

El coste de la oportunidad.

Cuando llegué a Cleveland, Ohio, para ver a mis padres recién vacunados, después de haber elegido el ascenso a la clase ejecutiva de Air France, había dejado de pensar en el dinero en términos de su valor actual real, y en su lugar conceptualicé los números en mi pantalla en términos de su abstracto valor potencial futuro.

Durante el vuelo, tomé un sorbo de champaña, me acosté y dormí una siesta, y miré la pantalla de mi teléfono, repitiendo el número para mí mismo: un millón 223 mil 507.39 dólares. Y en mi mente, cada dólar suponía al menos 2 ó 3 dólares, o tal vez incluso 10, en futuras ganancias potenciales.

Mi padre necesitaba una camioneta nueva para transportar a sus feligreses sin hogar desde el refugio del centro hasta su iglesia. Extender un cheque de 25 mil dólares no significaba absolutamente nada a corto plazo; era un simple error de redondeo sobre 1.2 millones de dólares. Y aun así, no aproveché la oportunidad. ¿Por qué gastar 25 mil dólares en una camioneta ahora, cuando en seis meses esos mismos 25 mil dólares podrían valer 250 mil dólares? Pensé. ¿Por qué robar a la iglesia de mi padre una suma de dinero que podría cambiar su capacidad a cambio de conseguir una camioneta nueva solo seis meses antes?

Así que no saqué nada. Lo que había vendido para obtener grandes ganancias, lo reinvertí en cosas estúpidas, sobrevaloradas y de alto riesgo, apostando por opciones de compra altamente volátiles en lugar de acciones, incluso en el fondo que estaba preparado para ofrecer una Oferta Pública de Venta (OPV) encubierta de Lucid, el fabricante de automóviles eléctricos que tenía a Tesla en el punto de mira.

Estaba actuando como un tonto, lo sabía, pero seguramente había un tonto más grande que yo al cual vendérselo antes de que se rompiera la ola.

Minutos antes de que me atacara la resaca, estaba en la iglesia, acompañando a mis padres a la misa vespertina del miércoles. El diácono, al que conocía como cartero jubilado y anfitrión de una gran fiesta del vecindario cada Luna de la Cosecha, incluyó una oración por “todos aquellos que dan demasiada importancia a la riqueza material”, y me llegó una premonición: Iba a perder todo.

Mientras bajaba los escalones de piedra de la iglesia católica irlandesa a la que asistí durante mi infancia, revisé mi teléfono: se habían anunciado los detalles de la fusión y la valoración concedida a Lucid era alta, demasiado alta. Las acciones se derrumbaban, y fue lo que hizo reaccionar a los demás valores tecnológicos y de energía alternativa de alto crecimiento, que la siguieron a la baja, y sus opciones de compra perdieron valor a un ritmo exponencialmente mayor.

Esa noche apenas dormí, y en la mañana vendí lo que pude con enormes pérdidas. Mi cuerpo se estremeció. Grité contra la almohada. Me quedé viendo una pantalla de color rojo. Salí del departamento de mis padres, caminé hasta el parque frente al lago, me acosté en la nieve de febrero y me propuse ser tan frío como el aire de Cleveland, intentando adormecer mi angustia emocional con pura incomodidad física.

En la cena, una vez más fui incapaz de contenerme. “¿Cuánto te queda?”, preguntó mi madre. “700 mil dólares”, dije entre dientes apretados. El rostro de mis padres se iluminó de una manera que no lo hicieron cuando les anuncié la riqueza inicial, como si esta cifra inferior al millón de dólares fuera de alguna manera más comprensible que los 1.2 millones de dólares. “¡Eso es genial!”, exclamaron. No pude comer. Mi cabeza era un crucero de pasajeros ansiosos, mis tripas un buzo nocturno cuya linterna no funcionaba. ¿Cómo no podían entender la profundidad de lo que significaba perder medio millón de dólares en un día?

Nada de esto era “genial”. Todo estaba saliendo fatal. Incluso Charles Schwab estaba de acuerdo.
Así que empecé a buscar. Lo había hecho una vez, podía hacerlo de nuevo, me dije. Mis decisiones se vieron impulsadas por la ansiedad, el miedo, la desesperación y el exceso de optimismo. Al diablo con la moral, pensé enojado con el universo, solo quería recuperar mi dinero, así que dispuse lo que me quedaba a cualquier impulso que tuviera. Nada de eso funcionó; el retroceso del mercado destruyó mis opciones de compra, y los días que compré puts, el mercado subió.

Las opciones en acciones de energías alternativas y vehículos eléctricos –que representaban casi la totalidad de mi cartera– cayeron desde su nivel de burbuja. Los 700 mil dólares se convirtieron en 500 mil dólares, que bajaron a 400 mil dólares y después a 300 mil dólares. A los 250 mil dólares, me maldije por ser tan tonto. Pasé horas viendo los departamentos que podría haber pagado fácilmente hace solo dos meses. Fui un arruinador de oportunidades, uno en serie.

Observé mi cartera y sentí una repentina vergüenza, contenía opciones de compra en Total. Estaba intentando recuperar mis pérdidas ganando dinero con una empresa petrolera. ¿Qué estaba haciendo? Quizás me merecía esta infelicidad, como castigo por haber desperdiciado semejante regalo, pensé.
Vendí lo que no había caducado y me deshice de lo que quedaba –un cuarto de millón de dólares– en las acciones de una empresa de biotecnología con sede en Cleveland cuya investigación leí años antes después de conocer a un científico principal en un evento de exalumnos, con la remota posibilidad de que su ensayo clínico tuviera éxito y yo pudiera, de un solo golpe, “recuperar” lo que había “perdido”.

Esto también desapareció lentamente durante los siguientes 12 meses.

A continuación, Alexander Blaszczynski vuelve a hablar de la psicología del jugador: “A medida que las pérdidas siguen superando generalmente las ganancias/rendimientos, se fijan nuevos umbrales (‘Seguiré hasta que recupere al menos 1.5 millones de dólares y entonces dejaré de hacerlo’)”, me escribió, sin saber nada en concreto de mi situación.

“Este proceso continúa hasta que el individuo ha llegado a un punto en el que ha perdido la mayor parte de sus ganancias, se arrepiente y se desanima y decide que ya ha perdido demasiado, por lo que puede continuar en un modo autodestructivo aunado a una vana esperanza de que podría tener suerte y empezar a ganar otra vez”. La falacia inútil y la creencia casi delirante de que “la bolsa y el juego me han llevado a esta situación, la bolsa y el juego me permitirán recuperarme”.

Por supuesto, hay otras personas que ganaron y perdieron durante la locura de las “acciones meme”. Desde su posición de observador, Rogozinski me comentó que prefiere ampliamente las publicaciones de r/wallstreetbets que detallan las dolorosas pérdidas. Las publicaciones de grandes ganancias le dan a las personas la impresión de que también pueden hacerlo, me aclaró durante una charla por videochat, mientras que las publicaciones de pérdidas dolorosas parecen aumentar la aversión al riesgo del usuario promedio de WSB, lo cual conduce a menores “pérdidas de la comunidad”, al menos durante un tiempo.

En mi propia e inimaginable locura financiera, viví varias patologías psicológicas distintas: la avaricia, que opacaba lo que había a favor de estar siempre presente en mayor medida de lo que podría ser, y el intento desesperado de recuperar lo perdido, que opacaba lo que aún podría ser.

Al final, no gasté casi nada del dinero en mí mismo, ni en nadie más.

Algunas cosas que no compré: un traje nuevo para la avalancha de bodas inminentes, pases de temporada para cualquiera de los museos, teatros o salas de conciertos de la ciudad, los Nikes de “Regreso al Futuro” que se atan solos (disponibles en StockX por unos 40 mil dólares en aquel momento), un amplificador Devialet y altavoces para audiófilos, un viaje de lujo a la Polinesia francesa o un viaje de aventura a la Patagonia, una cena con una sola estrella Michelin, champañas vintage, un loft cerca del Canal Saint-Martin o una cabaña en los Alpes, un lugar para que mis padres se jubilen, un Lamborghini amarillo brillante, una nueva camioneta para la iglesia presbiteriana del norte de Cleveland. Ni siquiera pagué mi préstamo inicial de 12 mil 500 euros.

Cosas que sí compré: una nueva MacBook Air para reemplazar mi envejecido modelo de 2014, un iPhone 12, un ascenso de categoría en clase ejecutiva en un vuelo de París a Cleveland y un año posterior hablando de todo ello con un terapeuta.

“Escribe sobre ello”, me aconsejó inicialmente el terapeuta. “Podría ser un buen artículo”.

Pero para mí, escribir sobre algo implica una finalidad, un cierre. Y yo no estaba preparado para abandonar el universo paralelo en el que recuperé todo el dinero, o en el que el dinero nunca desapareció, así que volví a reproducir cada bucle desafortunado en mi mente, del mismo modo que no podría evitar hacerlo tras el final de una relación.

“Tú y Brian se encuentran en situaciones similares ahora, lol”, me envió un mensaje de texto mi amigo de la infancia muchos meses después, refiriéndose a otro amigo de la infancia que era marxista y poeta. “Tú apostabas por volverte rico, y él por una revolución comunista. De vuelta a la tierra, sin duda”.
“Excepto que yo era rico y lo arruiné”, le respondí.

“Uf, sí, esa parte duele un poco más”, respondió.

El saldo a finales de mayo de 2021: 331 mil 426 dólares.

Perdí lo que quedaba durante una tarde parisina perfecta. La pasé paseando por el acuario de París, en una quinta cita con alguien que era una tentadora mezcla de salvaje y aventurera, empática y dulce. Ella llevaba una vida objetivamente emocionante, hasta el punto de que me asombraba que pudiera sentirse intrigada por mí.

Esquivamos corrientes de niños para reírnos de los ojos saltones de las lobinas negras, y nos tomamos de la mano mientras contemplamos la vaporosa belleza de las brillantes medusas. Bebimos bubble tea en un parque cercano y nos lanzamos juguetonamente las bolas de tapioca a través de nuestros popotes.

En algún lugar de mi mente, sabía que los últimos componentes de mi antigua fortuna se estaban desvaneciendo en trozos de datos en servidores de Nueva York, y no me importó. En ese momento, solo supe que parecía que le gustaba de verdad. No un yo envuelto en dinero, ni un yo ostentoso con la falsa confianza de un inmenso potencial financiero.

¿Cuántos otros momentos de asombro radical me había perdido, o vivido a medias, porque mi mente estaba atascada en la acumulación de dinero? ¿Cuántas veces había paseado por el Jardín de Luxemburgo, o por el Sena, y solo había apreciado a medias la belleza esculpida a mi alrededor; cuántas veces en los últimos dos años había comido un pain au chocolat sin ser plenamente consciente de la combinación de sabores entre la textura ligera, esponjosa y crujiente de la masa; cuántos momentos de conversación y conexión con amigos estuvieron dominados por mi insaciable deseo de volver a ver números en una pantalla?

“Se trata del desapego”, dijeron mis padres al final. “Todas las cosas que hay en tu vida… también tienes que estar preparado para vivir sin ellas”.

Ojalá pudiera escribir que la comprensión que tuve en la “tarde perfecta” de ese momento específico me cambió para siempre; si tan solo los seres humanos fueran tan simples. En las semanas siguientes, efectivamente, me sumí en un lío de ansiedad debido a la pérdida de mi futuro financiero, al hecho de que ahora debía a Hacienda más del doble de mi capital neto por ganancias fantasmas que se habían realizado, reinvertido y después perdido.

Intentaba empeñarme en mi nueva relación, lo único que parecía ir bien, pero de una manera que seguía estando centrada en mí, en mis preocupaciones y deseos. Estaba superando con demasiada rapidez algo que necesitaba tiempo, lo que a la larga provocó que se tambaleara y se rompiera

Sin embargo, vale la pena volver a esa tarde perfecta de una manera que no se puede hacer con las operaciones que podrían haber sido –por la lección que ofrece– sobre la paciencia y el estar presente, la gratitud y el mundo que nos rodea, las personas que estuvieron ahí antes de que existiera el dinero y que siguen estando ahí cuando ya no existe. Y en torno a todo ello, la inmensa posibilidad de todas las cosas que el dinero no puede comprar.

El saldo a finales de mayo de 2022: 30 mil 828.39 dólares

Impuestos adeudados a Hacienda: 82 mil dólares

Deuda neta: 51 mil dólares.

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