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Libre comercio de hidrocarburos

Aldo Flores Quiroga

México y Estados Unidos han logrado fortalecer su seguridad energética comerciando e integrando sus cadenas de valor. Esta interdependencia será cada vez más importante para ambos en un mundo donde el regionalismo está de vuelta.

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Petroleos-Mexicanos-Pemex
Foto: Pemex.

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El Tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ha cumplido un año. Su antecesor, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), había regido desde 1994 los intercambios entre los tres países hasta que fue reemplazado por este nuevo instrumento, más moderno y con nuevas disciplinas en áreas como comercio digital, anticorrupción, competitividad, pequeñas y medianas empresas, entre otros. La energía sigue formando parte del arreglo.

¿Qué han significado estos años de libre comercio con Estados Unidos para el sector petrolero de México?

Podría atribuirse al TLCAN una expansión de los intercambios transfronterizos de hidrocarburos porque derribó barreras a la importación y exportación y agilizó los trámites aduaneros. Aunque el argumento es válido, la realidad incluye otras vertientes.

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Detrás de los patrones de comercio energético que observamos entre México y Estados Unidos hay dos factores poderosos: son vecinos y sus sectores petroleros se han complementado desde antes de que el TLCAN existiera.

La vecindad reduce costos de transporte a través de cielo, mar y tierra, sea mediante trenes, pipas, ductos, barcos, barcazas, líneas de transmisión. La abundancia relativa de recursos es la base misma del intercambio comercial. Los países exportan lo que les sobra y compran lo que les falta.

México se fortaleció como una fuente estratégica y confiable de suministro a partir de los años 70, cuando Estados Unidos alcanzó su pico de producción y México encontró el yacimiento gigante de Cantarell. El comercio bilateral de hidrocarburos empezó a crecer desde entonces.

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Los excedentes petroleros mexicanos y la creciente demanda estadounidense se fueron combinando para propiciar una mayor integración de la cadena de valor transfronteriza. El ejemplo más destacado fue la extracción del crudo pesado en México para su procesamiento en refinerías del Golfo de México en Estados Unidos.

Este tipo de integración se fue dando también en el comercio de combustibles, gas natural y petroquímicos, y es casi seguro que hubiera ocurrido con o sin TLCAN. El costo de la energía podría haber sido un poco más alto en su ausencia, pero las empresas y gobiernos hubieran aprovechado las oportunidades que se fueron abriendo a partir de la disponibilidad de crudo y gas natural en ambos lados de la frontera.

La aportación del TLCAN a la industria de hidrocarburos fue generar confianza en las nuevas reglas de intercambio y enviar la señal de que ambos países son aliados. El T-MEC ratifica este entorno de comercio y agrega algunas disposiciones que lo facilitan aún más. Por ejemplo, flexibiliza las reglas de origen para los hidrocarburos y agiliza el flujo de gas natural, liberándolo de autorización previa para su exportación a México desde Estados Unidos.

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Por décadas, el saldo de la balanza comercial de hidrocarburos fue positivo para México, hasta que cuatro factores confluyeron en 2014 para que Estados Unidos se convirtiera en el exportador neto de esta relación:

  • La declinación de la producción mexicana de petróleo y gas natural, que llegó a su pico en 2004 y 2008 respectivamente.
  • La dificultad para utilizar el sistema de refinación mexicano a su máxima capacidad debido a fallas técnicas y la menor disponibilidad de crudo ligero.
  • La decisión de reducir las emisiones y el costo de generar electricidad en México utilizando más gas natural.
  • La revolución del petróleo y gas no convencional en Estados Unidos, que cobró fuerza a partir de 2011.

A partir de entonces, México se convirtió en importador neto de gas natural y combustibles de Estados Unidos y exportador neto de crudo. El valor de sus exportaciones no pudo compensar por el aumento en el valor de sus importaciones.

Hoy, la perspectiva sobre el comercio bilateral de hidrocarburos mantiene la misma tendencia para el gas natural, con México como importador neto de Estados Unidos, que aporta más de la mitad del consumo del país, a menos que ocurriera un hallazgo insospechado de un nuevo gran yacimiento.

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Falta ver hasta dónde los avances en el sistema de refinación de México reducirán el volumen de importaciones de combustibles y de exportaciones de crudo. Si México logra, como se propone, procesar todo el petróleo que produce en sus propias refinerías, es posible que el volumen de comercio bilateral de hidrocarburos disminuya.

La conclusión es tentativa porque otras variables influirán sobre el desenlace. La “nueva normalidad” que se irá configurando al salir de la pandemia tendrá una influencia clave en el futuro de la oferta y la demanda de hidrocarburos. El ritmo de crecimiento económico, la penetración de las energías renovables, el avance de las baterías, la expansión del trabajo remoto, el mayor uso de vehículos eléctricos, alterarán las premisas que sonaban sensatas en 2019.

México y Estados Unidos, amigos y aliados, han logrado fortalecer su seguridad energética comerciando e integrando sus cadenas de valor. Esta interdependencia será cada vez más importante para ambos en un mundo donde el regionalismo está de vuelta, aunque recargado con una nueva competencia geopolítica. Es una circunstancia similar a la que dio origen al TLCAN en primera instancia.

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