Diocleciano en el siglo XXI
Enernauta

Especialista en política energética y asuntos internacionales. Fue Secretario General del International Energy Forum, con sede en Arabia Saudita, y Subsecretario de Hidrocarburos de México.
Actualmente es Senior Advisor en FTI Consulting.

Diocleciano en el siglo XXI
Repartidor de gas en la alcaldía Benito Juárez, Ciudad de México. Foto: La-Lista.

Diocleciano, el emperador romano, emitió su edicto de precios máximos en el año 301 después de Cristo. Presionado por el malestar de los ciudadanos, que llevaban años lidiando con una inflación galopante, decidió decretar un tope al precio de más de mil productos, incluidos los alimentos (puerco, carne de res, cordero, faisán, pollo, pescado, ostras, huevos, leche, lechuga, alcachofa, cebolla, vino y más), insumos para el vestido (seda, lana, piel de leopardo), calzado (zapatos para hombre y mujer), trabajos diversos (agricultor, panadero, albañil, decorador de paredes, peluquero, maestro, abogado) y transporte (una milla por persona, carga en vagón, carga sobre camello). 

El edicto autorizaba a cada región del imperio a variar sus propios precios conforme a su circunstancia siempre que no superaran el límite máximo, y prohibía comprar barato en una región para vender caro en otra, comprar a un precio superior al máximo decretado y acaparar. Aquel que violara estas reglas enfrentaría la pena de muerte. 

Diocleciano tenía el objetivo de salvaguardar “el honor y la dignidad y la majestuosidad de Roma” frente a “una avaricia envolvente y una ardiente ansia de lucro (que) ocupan para algunos el lugar de la religión y hacen pensar a tales gentes sin probidad ni templanza que es más necesario deshacer la fortuna de todos sus conciudadanos que no abandonar sus planes.” Su indignación creció al enterarse de que los soldados, que lo daban todo por Roma, ni siquiera estaban exentos de las prácticas de quienes hoy llamaríamos especuladores.

A pesar de sus nobles intenciones, su política de precios rindió magros resultados. Los historiadores refieren que la causa monetaria de la inflación –el financiamiento de un mayor gasto público con la acuñación de monedas cada vez más baratas (de cobre en lugar de plata)– no desapareció y el malestar del público persistió. Cuatro años después de emitir su edicto, agotado y rebasado, sorprendió al orbe romano renunciando a su título y retirándose a su palacio en Croacia. 

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Nos separan 17 siglos de Diocleciano. Desde entonces a la fecha –desde el Imperio Romano, pasando por la Edad Media, el Renacimiento, la Ilustración, la Revolución Industrial, etcétera–, la evidencia acumulada indica que los controles de precios terminan mal. Después de un breve periodo de resultados aparentemente buenos, las rigideces que imponen en las actividades económicas cotidianas acaban generando escasez, propiciando mercados negros, motivando reducciones en la calidad de los bienes y servicios, aumentando la longitud de las filas y los tiempos de espera en las tiendas, entre otros.

La experiencia histórica es de hecho más larga. Hay registros de los 17 siglos previos al mandato de Diocleciano donde figuran instrucciones de gobernantes de Egipto, Sumeria y Grecia para controlar los precios, todo indica, sin buenos resultados. 

¿Por qué después de tantos siglos de evidencia los gobernantes tropiezan con la misma piedra? ¿Por qué seguimos observando controles de precios si hoy es prácticamente imposible encontrar un libro de economía básica o avanzada que no se refiera a los problemas que provocan?

Una familia de respuestas recurre a la ignorancia, ya sea como condena o comprensiva justificación. Los gobernantes no leyeron historia, leyeron la historia equivocada o extrajeron las lecciones erróneas. O bien, no aprendieron economía, estudiaron la economía incorrecta u olvidaron las lecciones tan pronto pasaron el examen al final del semestre. O quizá se rodearon de asesores que tampoco leyeron bien la historia y la economía, o no los escucharon. 

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Sin detenernos en el mérito de argumentos como esos, podemos ser generosos con Diocleciano. Hasta hace aproximadamente 300 años, no estaba del todo claro el proceso bajo el cual emergen los precios. Tomó el trabajo de los fisiócratas franceses del siglo XVII, la publicación de La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, y el esfuerzo sostenido de economistas en los siglos XIX y XX para asentar sistemáticamente como los mercados establecen un precio. 

Sin embargo, Diocleciano estaba respondiendo a una situación política concreta. Esto corresponde a otra familia de respuestas: no es que los gobernantes no sepan, es que están sujetos a presiones difíciles de sortear y ostentan aspiraciones políticas que quieren materializar.

Los economistas apuntan que es mucho mejor ayudar a quienes están en desventaja con transferencias de ingreso directas que con controles de precios. Pero no todos los gobiernos poseen los recursos ni la capacidad institucional para instrumentar este tipo de soluciones. Y entre los que pueden, más de uno orienta las transferencias hacia clientelas políticas en lugar de promover el llamado bien común. Después de todo, la popularidad va primero. 

Los tiempos de Diocleciano siguen con nosotros.