Las víctimas como botín electoral
La presencia de su ausencia

Coordina la Red Eslabones por los Derechos Humanos, que atiende asuntos de justicia, principalmente personas desaparecidas. Es consejera ciudadana de búsqueda en la Ciudad de México, Estado de México y a nivel federal. Con estudios de periodismo, derechos humanos, derecho y otros. Facebook: Red Eslabones por los Derechos Humanos Nacional.

Las víctimas como botín electoral

En México hay millones de víctimas de múltiples delitos. De todos los que se cometen, se consideran los más graves los que tienen como resultado el daño a la vida de las personas.

Se suele suponer que morir es lo peor que puede suceder, dentro del escenario de muerte también hay gran diversidad, la mayoría relacionadas con salud, accidentes y agresiones. Entre las muertes violentas también hay diferencias, para las familias y cercanos de las víctimas siempre es una variante muy importante saber si sufrieron al morir.

La suposición subjetiva de que su ser querido haya podido recibir actos de tortura, padecido agonía, miedo, sufrimiento, hambre, frio, que haya estado clamando por ayuda o suplicando por su vida produce en las familias una nueva dimensión de dolor y sufrimiento.

Es indispensable que los deudos reciban toda la información institucional de la causa y forma de muerte. La certeza de los hechos es uno de los factores que permite a los dolientes transitar en el duelo y continuar con sus vidas a pesar de la pérdida.

Sin embargo, la muerte es en sí una certeza inamovible, independientemente de que se logre tener toda la información que le llevó a la pérdida de la vida, el poder constatar la muerte representa un fin irrefutable y, a partir de esa realidad, sus seres queridos pueden tomar decisiones sobre su presente y su futuro, asumiendo que en su nuevo proyecto de vida ya no se tendrá la presencia de su ser amado, porque les consta que ha muerto. Para dar por hecho la muerte se necesita la evidencia de poder mirar su cuerpo, o alguna parte de él que pruebe la imposibilidad de seguir con vida, en algunos casos, al menos, imágenes que lo comprueben.

Sin embargo, en México ha surgido la nueva y más atroz realidad de victimización que supera a la muerte: la desaparición de un ser amado, actualmente más de 100 mil.

Desde hace casi 60 años, que se tiene referencia de la primera denuncia por desaparición, y hasta la fecha, el fenómeno se ha transformado y diversificado en sus causas y consecuencias.

A partir de los años 60 se presentó con las características propias de la desaparición forzada que contempla la agresión directa o indirecta por autoridades, mayormente por confrontaciones político-ideológicas o sociales. En el primer decenio del presente siglo, alrededor de 2006, se manifestó la desaparición como parte de la operación de los grandes grupos de delincuencia organizada quienes multiplicaron giros en sus actividades delincuenciales, al buscar fortalecer sus líneas se han apoderado de jóvenes que reclutan de forma voluntaria o forzada para que realicen actividades de toda índole relacionadas con drogas, trata de personas, sicariato, tráfico de órganos, secuestro extorsivo y otras. Incluyendo su desaparición con fines de asesinatos masivos, de grupos de jóvenes que al viajar en autobuses foráneos son considerados como supuestos refuerzos, que están en traslado para fortalecer a grupos contrarios y, con ese supuesto, son atrapados y asesinados. A veces son sepultados (como en Tamaulipas), arrojados como advertencia en vía pública (como en Papantla, Cadereyta, Michoacán), despedazados con maquinaria agrícola (Tierra Blanca, Veracruz) o disueltos en ácido para borrar evidencia (como Santiago Meza López “El pozolero” en Tijuana).

De 2015 a la fecha se ha incorporado la desaparición por motivos personales, desde violencia feminicida hasta disputas personales o patrimoniales, cuando ante una confrontación, una de las partes toma la decisión de “quitar de en medio” a quien le estorba.

Esta transformación e incorporación de nuevas motivaciones para desaparecer a otro ser humano, hasta llegar a ser realizadas por personas comunes, que no son integrantes de grupos delincuenciales, nos revela la confianza en la impunidad, la certeza en la incapacidad del sistema de procuración de justicia por cantidad y calidad, en la falta de coordinación entre las distintas instituciones de los tres niveles y poderes. Esta desarticulación interinstitucional conforma un escudo que protege permanentemente a grupos y personas que desaparecen a otras y así se garantiza la repetición.

La desaparición de las personas tiene como centro dinámico la incertidumbre, los familiares y allegados entran en una nueva realidad que los aleja, e incluso desprende de todas las vinculaciones con su vida cotidiana, trabajo, escuela, relaciones interpersonales, referentes de convivencia y gozo colectivo, aspiraciones de desarrollo y planes individuales o familiares… todo forma parte del caos psicoemocional familiar y social que aumenta con el tiempo.

En los hechos, los seres queridos de la persona desaparecida, en cuanto se enteran de que nadie la ha podido localizar, que reciben la información de que alguien se la llevó, de que no llegó al lugar donde acostumbra a ir, que dejó de hacer o estar y eso rompe con lo que constituyen sus actividades rutinarias, es que inicia el remolino en el pozo de la angustia, que no tiene fondo, que crece y se profundiza devorando la vida de los seres queridos de la persona desaparecida y paulatinamente afecta la sensación de inseguridad y el temor colectivo se extiende sobre toda la sociedad.

En este contexto, las víctimas de desaparición conforman una legión de miles de personas con determinación, rabia, frustración y mucho amor, que nunca abandonarán la búsqueda, necesitan encontrar a sus seres queridos para recuperar la certeza de lo sucedido en la vida de ellos y así también recuperar la plenitud en las vidas de todos los integrantes de la familia.

En este último tercio de la recta a la sucesión presidencial en México, las víctimas de desaparición que en su mayoría padecen vacíos de atención institucional en investigación, búsqueda y garantía de derechos victimales corren el riesgo de que esos vacíos de autoridad pretendan ser llenados con promesas oportunistas de personajes que aspiran a cargos de elección popular o a ofrecer sus servicios a los partidos políticos y traficar supuestas “bases sociales de víctimas, colectivos o de ONG” como mercancía en venta a cambio de huesos en el poder.

Así es que, en el actual contexto electoral, las víctimas de desaparición se convierten en un apetecible botín para los mercenarios del dolor, defensores de peluche, empresarios voraces de los derechos humanos que también son producto y razón de este fenómeno real e inhumano de la desaparición.