Septiemble
Contratiempos

Reportera mexicana, especializada en periodismo social y de investigación. Ha colaborado en medios como Gatopardo, Animal Político, El País, Revista Nexos, CNN México, entre otros. Ha sido becaria y relatora de la Fundación Gabo. Originaria y habitante de Ciudad de México. Twitter: @claualtamirano

Septiemble
Foto: EFE.

En la entrega anterior mencionaba la inexplicable coincidencia de dos terremotos en la misma fecha exacta: 19 de septiembre de 1985 y de 2017. Decía que para México no hay imposibles y puede ocurrir esto dos veces: también el 7 de septiembre de 2017 y de 2021. Tan solo tres días después nos vimos obligados a actualizar este irreal dato: ya tenemos tres 19S.

Ni siquiera el legendario humor mexicano –que ya renombró al mes como “Septiemble”– ni la coincidencia anterior nos prepararon suficiente para esperar, de verdad, que temblara de nuevo en 19 de septiembre. Nadie lo creía: mientras todo alrededor se mecía, las pocas voces que se escuchaban solo atinaban a exclamar “¡no puede ser, otra vez!”, o a llorar, en el caso de los memoriales de los fallecidos en los sismos anteriores. Para ellos fue una tortura revivirlo.

El simulacro realizado cada año en ese día aumentó la incredulidad: la alerta sísmica –tan repudiada pero tan útil– había sonado a las 12:19 para “ensayar” lo que debemos hacer en caso de sismo y, a las 13:05, volvió a sonar en algunas zonas, solo por algunos medios y sin que nadie atinara a saber por qué. Muchos creímos que era un error del sistema de altavoces, hasta que el suelo se movió.

Pese a la confusión, este simulacro previo sirvió para que todo estuviera listo tras el movimiento: los cuerpos de rescate, bomberos, Protección Civil ya estaban en la calle con sus equipos en caso de daños; paramédicos con camillas e insumos atendieron de inmediato las crisis nerviosas, los medios pudieron registrar el momento exacto del sismo ya en las calles; incluso la jefa de gobierno, Claudia Sheinbaum, ya estaba en el Centro de Comando y Comunicaciones de la Ciudad (C5) desde que empezó a temblar.

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Pero todo esto no reduce el temor a esta fecha. Tanto, que el mismo lunes fue lanzada una petición en la plataforma Change.org para que el 19S sea considerado día de descanso oficial. “Es el tercer 19 de septiembre que tiembla. Tenemos que estar preparados, en un espacio en el que nos sintamos seguros y no estar obligados a estar en espacios de posible riesgo”, argumenta la petición que hasta la publicación de esta columna contaba con casi 15 mil firmas, lo que la convierte en una de las más populares, según el sitio.

Y justo durante la redacción de este artículo, la alerta sonó una vez más: a las 01:16 horas llegaba desde Coalcomán, Michoacán, una réplica del sismo del lunes, con intensidad de 6.9. Esto sí es algo esperado después de un terremoto: las réplicas son miles y pueden alcanzar intensidades casi tan altas como el sismo origen. Por ejemplo, el temblor del 7 de septiembre de 2017 tuvo 28 mil 789 réplicas hasta el 1 de noviembre de 2018, cuando se decidió dejar de contarlas, según el Servicio Sismológico.

En segundos tuvimos la ya conocida imagen de las calles llenas de gente en pijama, muchos abrazados –por el miedo y por el frío de la madrugada– y durante las siguientes horas, el consuelo de los insomnes en la compañía virtual de las redes sociales. Leí y escuché a muchos decir que esta vez la alerta sísmica sí sonó en su calle, fuerte y claro, con suficiente tiempo para evacuar. Lamentablemente, durante esta evacuación anticipada murieron dos personas, no por derrumbes sino por el miedo: un hombre sufrió un infarto y una mujer cayó por las escaleras. En el epicentro, en cambio, hubo daños materiales pero solo tres heridos, por fortuna.

Edificios en riesgo

Decía también en la entrega anterior que parecía estarse repitiendo la historia de las secuelas del terremoto: si bien el segundo y el tercer 19S dejaron daños dramáticamente menores que el de 1985, la práctica de dejar edificios en riesgo intactos durante años es un patrón. Este septiembre, el gobierno de la Ciudad reportó 21 inmuebles afectados, cuatro con daño medio y 17 con daño menor; sin embargo, algunos de ellos ya estaban lesionados desde 2017 y siguen ahí, de pie y solo con arreglos superficiales.

Entre los ejemplos más graves –no por el nivel de daño sino por el uso que se sigue dando a los inmuebles– está el icónico edificio El Moro, que alberga la Lotería Nacional y se ubica en uno de los puntos más transitados del Paseo de la Reforma: la Plaza de la República. El terremoto de 2017 le causó desprendimientos superficiales pero también grietas que, según los expertos, denotan un daño estructural.

Pese a ello, las fisuras permanecieron así durante por lo menos dos años y el inmueble sigue habitado por los trabajadores, aunque un reporte del Instituto Politécnico Nacional alertó desde 2019 sobre la urgencia de repararlo y rehabilitarlo. “Se determina que es urgente la rehabilitación de la estructura en su totalidad, ya que el daño grave en las columnas repercute en la estabilidad de la estructura ante cargas sísmicas y la seguridad de los usuarios”, advirtió el dictamen cuyo contenido fue confirmado por los daños sufridos durante el más reciente sismo.

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Imagen tomada en octubre de 2017. Foto de Claudia Altamirano 

Otro caso importante es el edificio ubicado en la esquina de Atenas y Versalles, en la colonia Juárez, que también resultó afectado por el terremoto del 19 de septiembre de 2017. Estuvo deshabitado hasta hace pocos meses y desde Reforma eran visibles las grietas horizontales que tenía en cada nivel, de las cuales se desprendía la pintura anaranjada. Aunque es evidente que los daños no fueron reparados, ahora lo cubre una capa de pintura roja y el local de la planta baja ya se encuentra ocupado por un restaurante, que este jueves permaneció cerrado dentro de su horario de atención.

Estos ejemplos muestran otra constante en los terremotos en México, mucho más urgente de atender que la coincidencia en las fechas: los inmuebles que permanecen de pie tras el movimiento pero cuarteados, rotos o fisurados; cuya problemática es solucionada simplemente desalojándolos o peor, otros que siguen siendo habitados, esperando el siguiente terremoto.