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¿Cómo permanecer esperanzado frente a la ola de crimen en México? Estos son las recomendaciones de un reportero que le dice “hasta pronto” a los lectores de esta columna.
Con independencia de lo acertadas o no que sean las razones que el gobierno ha esgrimido para buscar la eliminación de instituciones, es preciso destacar que debido a la profunda integración y apertura por las que se ha caracterizado la economía mexicana, cualquier cambio relacionado con instituciones públicas debió analizarse desde diversas ópticas.
No todo es ignorancia entre quienes se han enlistado, sin embargo sus vínculos y antecedentes eliminan la esperanza de objetividad o independencia.
En la cultura popular hemos pasado de un simple tema de reboots y revivals, al abierto reciclaje de ideologías que ya creíamos superadas.
Hoy, el fantasma de la escasa participación ciudadana recorre nuestro país en una elección inédita que será un parteaguas para nuestra vida en democracia y para nuestro Estado de derecho.
Quizá nunca sabremos si, de haberse mantenido estas iniciativas, hubieran generado a largo plazo un cambio positivo en la sociedad.
El teatro es una comunidad, no solo es un espacio físico al que la gente acude, es un entorno que jala a su centro a todo aquel que se deje atraer por su fuerza de gravedad y, hace que las personas ahí reunidas, compartan mucho más que el momento en el que ven una puesta en escena.
Este año el artista mexicano Enrique Argote participa en la Bienal con “Déjanos en paz publicidad”, pieza conceptual de trece sombrillas publicitarias de empresas que estuvieron en Cuba antes de la revolución.
El desdén empieza desde que se considera a la música, la danza y las artes plásticas o escénicas como una pieza complementaria en la currícula escolar.
Abyectos como Eduardo Andrade Sánchez participarán de una elección a modo para ocupar en 2025 las plaza de ministros como Javier Laynez o Jorge Mario Pardo.
Son historias realizadas con gran técnica, pero que al ser desprovistas de sentimentalismo también nos dejan con sabor a morbo.
Ridley Scott a los 86 años, hizo una película que costo más de 300 millones de dólares con un objetivo claro en la mente, entregar un filme de tintes épicos que intenta igualar a su predecesora.
Las cifras son desgarradoras: más de 10 millones de ucranianos han sido desplazados, obligados a abandonar sus hogares, sus raíces y, en muchos casos, a sus familias.