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Durante un mes aceptamos creer que noventa minutos pueden cambiar el rumbo de un país.
El resultado de la semifinal del Mundial confirmó que este jueguito es tan accesible para practicarlo en cualquier rincón.
Messi no necesita que nadie escriba su leyenda. La escribió él. Ocho Balones de Oro, un Mundial, dos Copas América y una carrera que difícilmente volveremos a ver.
Un gol en un Mundial pertenece a esa segunda categoría. No basta con celebrarlo. Hay que mirarse, abrazarse, gritarlo con alguien más, aunque ese alguien haya sido un desconocido apenas unos segundos antes.
Hoy los deportes parecen haber aprendido a tener cuidado de sí mismos. El atleta moderno tiene un equipo de comunicación, patrocinadores, redes sociales y una marca personal que proteger.
El fantasy de la NFL, que congrega más de 60 millones de personas en todo el mundo, tiene algo profundamente humano. Nos permite apropiarnos de aquello que amamos.
Mucha gente juzga la fiesta brava acotando los quince minutos finales de un toro en la plaza, pero ignora deliberadamente todo lo que existe detrás de ese instante.
El Estadio Olímpico Universitario; un coloso que guarda la memoria de un tiempo pasado, con sus muros agrietados y su concreto añejo.
La Major League Baseball es su vitrina más visible y la Serie Mundial su ritual más reconocible.
El deporte creció. Y en ese crecimiento, eligió a quién incluir (palabrita de moda estos días). Pero la distancia no termina en las gradas.
Información como esta podría confirmar la aparente censura de Estados Unidos al cine extranjero, pero no lo sabremos hasta que sea un hecho.
El debate sobre el registro de líneas móviles se ha reducido a una narrativa estrecha, donde distintos actores con intereses políticos y económicos intentan imponer su propia agenda.
Desde noviembre del año pasado, cuando se nombró Patrimonio Cultural Inmaterial de la CDMX, el danzón no había tomado un foco tan mediático.